—Gana de hablar es, padre, cuando sabe usté que á la hora presente tengo bien cumplida mi obligación. La ceba dejo en el pesebre, y las camas listas para cuando venga del monte el ganao. De leña picá, está el rincón de bote en bote.
—No lo dije por tanto, hombre; sino que, como te veo tan dao al zapato nuevo y al pelo reluciente de un tiempo acá, en días de entre semana...
—Voy con Pablo al cierro del monte.
—Por eso creía yo que sobraba la fantesía del vestir. ¡Para los tábanos que han de mirarte allá!...
—Pero entro antes en su casa... y ya ve usté...
—Antes y después, Nisco. Lléveme el diablo si no vives más en ella que en la tuya. Pero, en fin, si aprendes de lo que no sabes y ensalza el valer de la persona... ¡Mira qué alhaja, hombre!
Dijo, y al mismo tiempo puso el dalle en manos del mancebo. Éste echó sobre el asta varias visuales, hizo también como que segaba, y, por último, arrimó el trasto á la pared, con la guadaña en lo alto. Marcó un punto con el callo sin mover el asta, y haciendo centro con el extremo inferior de ésta, describió un arco hacia la derecha. La punta del dalle pasó entonces por la marca hecha con el callo.
—¡En lo justo, Nisco, en lo justo! Bien visto lo tengo.
—Ni menos ni más,—respondió solemnemente Nisco, entregando el dalle á su padre con todos los honores debidos al mérito de la obra.
—Ahora—añadió el alcalde,—voy á picarle, y luégo á segar un garrote de verde; y si no me le siega el dalle de por sí solo, te digo que no vale mi sudor dos anfileres.