Con lo cual se marchó Nisco á casa de Pablo; y momentos después, medio tendido en el suelo, sobre las melenas de uncir los bueyes; apoyado el tronco sobre el codo del brazo izquierdo; el extremo del asta sobre la rodilla levantada, y el filo del dalle deslizándose, al suave empuje de la mano izquierda, por encima del yunque clavado en tierra, canturriaba una copla el bueno de Juanguirle, al compás del tic, tic de su martillo, sin acordarse más del cargo que ejercía en el pueblo ni de la visita de don Valentín, que del día en que le llevaron á bautizar.


VIII

ÉGLOGA

Caminando Nisco de su casa á la de Pablo, como las callejas eran angostas y sombrías y convidaban á meditar, andando, andando, meditaba y acicalábase el mozo, pues á ambas cosas era dado, como soñador y presumido que era; y ¡vaya usted á saber por dónde volaba su imaginación mientras se atusaba el pelo con la mano, y observaba la caída de las perneras sobre los zapatos, y estudiaba aires y posturas, sonrisas y ademanes!

Á lo más angosto de la calleja llegaba, punto extremo de la parte recta de ella, paso á paso, mira que te mira el propio andar y soba que te soba el pelo, cuando topó cara á cara con Catalina, la moza más apuesta y codiciada de Cumbrales. Pareja tan gallarda como aquélla, no podía hallarse en diez leguas á la redonda. Si él era el tipo de la gentileza varonil y rústica, ella era el modelo correcto de la zagala ideal de la égloga realista. Y, sin embargo, á Nisco no le gustó el encuentro, y hasta le salió á la cara el desagrado en gestos que devoraron los negros y punzantes ojos de Catalina.

Con voz no tan firme como la mirada, dijo al mozo, cuando le vió delante de ella vacilando entre echarse á un lado para dejar el paso libre, ó detenerse para cumplir con la ley de cortesía: