—Si fuera la calleja tan ancha como el tu deseo, bien sé que los mis ojos te perdieran de vista ahora.

—Supuestos son esos, Catalina—respondió Nisco de mala gana,—que pueden venir... ú no venir al caso.

—Hijo, lo que á la cara salta, de corrido se lee.

—Si á ese libro vamos, de tí pudiera yo decir lo mesmo, Catalina.

—Abierto le llevo, es verdad; pero no leerás en él cosa que me afrente.

—Ninguna ventaja me sacas al auto.

—Eso va en concencias.

—La mía está como los ampos de la nieve.

—Entonces, ¡Virgen santa!—exclamó Catalina llevándose hasta la boca las manos entrelazadas,—¿qué color tienen los corazones falsos y traidores?

—Si por el mío lo preguntas, cuenta que te equivocas,—respondió Nisco fingiendo mal el aplomo que le faltaba.