—¡Con que me equivoco? ¡Con que tu corazón no es falso? ¡Con que no se apartó del mío de la noche á la mañana?
—Ninguna escritura habíamos firmao tú y yo.
—¿De cuándo acá necesita escrituras el querer con alma y vida, trapacero y engañoso! ¿Qué más escritura que el sentir de la persona! Desde que sé pensar, para tí ha sido día y noche el mi pensamiento: cortejantes me rondaron sin punto de sosiego... bien sabes tú que ninguno fué capaz de quebrantar la mi firmeza; y si la cara me lavaron á menudo por vistosa, por ser yo prenda tuya no tomé á embuste las alabanzas. Bienes tiene mi padre que han de ser míos: no dirás que por cubicia de los tuyos te perseguí. Señor fuiste de mi voluntad; y con serlo y todo, nunca en mi querer vistes obra que no fuera honrada y en ley de Dios... ¿Qué mejor escritura de mi parte! Y si no me engañabas cuando tanta firmeza me prometías, ¿por qué hace tiempo que de mí te escondes? Y si para mirarme á mí te puso Dios los ojos en la cara, como tantas veces me dijistes, ¿por qué no cegaron desde que no me miran? Si para mí eras en el porte la gala de Cumbrales, ¿para quién son ahora las prendas con que te emperejilas hasta para ir al monte?
Agobiado parecía Nisco bajo este capítulo de cargos; y, sin duda por no tener su causa buena defensa, sólo pudo contestar, atarugado y de muy mala gana, estas palabras:
—Hay mucho que hablar al auto, Catalina.
—¡Mucho que hablar!—repuso Catalina entre admirada y afligida.—¿Para cuándo lo dejas, falso? ¿Qué menos consuelo has de darme que la razón de lo que has hecho!
—Ahora voy muy de prisa... Mañana ú el otro...
—Sí, vete, fachendoso; vete á tomar aires de señorío, que han de caerte como arracada en oreja de mulo. ¡Ay, Nisco! no le pido á Dios más sino que sea verdad lo que se corre.
—¿Qué se corre?—preguntó Nisco más colorado que un tomate.
—No quiero decírtelo, porque no te acabe de sofocar el sonrojo, que ya cerca le anda.