—¡Yo no tengo nada que me abichorne, sépastelo!
—Si tienes ó no, el tiempo lo dirá, y allá te espero.
—Pues vete asentándote ya.
—¡Sube, sube, que chimeneas más altas han caído!
—Valiérate más mirar por lo tuyo, Catalina, que meterte en la hacienda del excusao... Y ya que me haces hablar, diréte que bien poco había que fiar de tus quereres, cuando, por volver yo la espalda, estás dando cara á otro... y de Rinconeda, para mayor inominia.
—Es verdad: uno de allá me pretende desde que tú me dejaste, y hasta sé que va á pedirme.
—Pues dile que sí, y con eso tendrás todo lo que necesitas. Yo no he de ponerte pero, que fenecida eres por lo que me toca.
Este brutal alarde de desdén produjo en Catalina el efecto de una puñalada.
—Lo que yo necesito, Nisco, para mi venganza—contestó, con los ojos arrasados en lágrimas,—son dos corazones, ó no haber querido nunca con el que tengo.
Y como, al hablar así, la ahogaran los sollozos, se llevó el delantal á la cara y apoyó el hermoso busto contra la pared.