No podía, en aquella ocasión, enviarse al abogado de Cumbrales emisario más de su gusto. Sin embargo, recibió al mozo con estudiada seriedad. ¡Hasta en los menores detalles son niños los hombres quisquillosos!

—¡Ya es hora de que le veamos á usted por acá, señor don Pablo!—dijo, respondiendo al saludo cordial del joven.

—¡Como, á veces, no sabe uno en qué peca más!...—replicó éste.

—Como andaban ustedes de monos—añadió Ana,—habrá creído Pablo que no estaba el horno para rosquillas.

—Cabalmente,—dijo Pablo con la mayor sinceridad.

—¿Es decir—repuso don Juan con mal disimulada vehemencia,—que, por tu gusto, me hubieras visitado alguna vez?

—Pues como de costumbre: todos los días.

—¿De manera que al verte hoy á mi lado, sin miedo de que este ogro te devore, debo suponer que, en tu concepto, esos monos ya no existen?

—Justo y cabal.

—Y ¿quién se lo ha dicho á usted, caballerito?—preguntó aquí don Juan de Prezanes, dejando traslucir, en la mal fingida dureza de la pregunta, el propósito que ésta envolvía.