—¿Quién podía decírmelo sino mi padre?—contestó Pablo sencillamente, mientras Ana iba con anhelante mirada del uno al otro interlocutor.

—¿Luego su señor padre de usted—continuó don Juan,—no se opone á que se me haga esta visita?

—Como que traigo el encargo de brindarle á usted á tomar chocolate con él... digo, si no le queda á usted algún resentimiento...

—¡Qué cosas tiene tu padre, hombre!—exclamó el nervioso abogado, llenando todo su pecho de aquella especie de aura bienhechora que esparcía en la estancia el recado de su amigo.—Yo no tengo resentimientos con nadie, y mucho menos con vosotros... ¡Vayan al diablo, si es preciso, esas cosas que no me interesan dos cominos y tan malos ratos me dan! Armonía con todos y sosiego en el hogar, Pablo: esto es vivir; que no está uno contento de sí mismo mientras se halle en guerra con los demás. Con que raya por debajo, y no volvamos á hablar del asunto.

Así comenzó á entregarse don Juan de Prezanes á la pasión de regocijo que le solicitaba rato hacía, creyendo á salvo ya todos los fueros de su amor propio. ¡Cuántas veces se había hallado en idéntica situación!

Preguntó á Pablo muchísimas cosas, sin orden ni concierto, mientras se paseaba á lo largo de la estancia; y su ahijado, muy cerquita de Ana, tan pronto contemplaba la labor que ésta tenía entre manos, como miraba las nubes por la ventana abierta. Llegando á preguntarle por la vida que traía, respondió el mozo en breves palabras, porque era escasa la materia y á la vista estaba en todo el lugar. Á lo que dijo don Juan de Prezanes:

—Pues mira, hombre: si he de decirte lo que siento, tratándose de un muchacho de tus condiciones, no me gusta ese modo de vivir. Bueno que tomes apego á las faenas del campo; bueno, en fin, que trates de ser un labrador hecho y derecho, pues que en eso has de venir á parar, según las trazas; pero en lo demás... en lo demás, Pablo, deseara yo que anduvieras con mucho tiento. Quiero decir que guardaras las distancias un poco más de lo que las guardas. Estás llamado á ser, por tu posición, la persona principal de Cumbrales, y esta circunstancia te impone ciertos deberes. Conviene que estas gentes te vean, pero á tiempo y no á todas horas y en todas partes; que te traten, pero que no te manoseen, si mañana han de tenerte en algo y ha de aprovecharles tu importancia; que los aventajes en todo lo bueno, pero que no intentes igualarlos en lo que pueda desautorizarte á sus ojos. Natural es que juegues á los bolos cada día de fiesta con los mozos de tu edad; pero no lo es tanto que bailes á su lado con las mozas en las romerías, y mucho menos que te agregues de noche á sus rondas y parranderas. Bien sé yo que á los años hay que darles lo que es suyo, y que aquí no se halla otra cosa mejor que eso para lo que pide la mocedad; pero considera que hay que estar á las duras y á las maduras, y que las duras de esos pasatiempos pueden ser muy graves para tí, sobre todo si tratas de buscar el desquite. Cuando menos, esas costumbres tienen de malo el que su centro natural es la taberna; y en la taberna, Pablo, siempre hace un desdichado papel la levita.

Ana atajó aquí á su padre, temerosa de que el mozo se resintiera de la homilía que le estaban enderezando, y dijo á éste en el tono zumbón que tan bien sentaba á la traviesa joven:

—No dirás, Pablo, que, para improvisado, es malo el sermón de tu padrino.

—¡Sermón no!—saltó don Juan, apresurado.—¡Líbreme Dios de meterme en esas honduras!... ¡y cuando aún me rasco los coscorrones de uno muy amargo! No, hijo mío; no te predico ni trato de molestarte: digo sencillamente lo que siento, porque te quiero mucho y ha venido á pelo. Y con esta advertencia, y ya que lo tengo entre los labios, he de decirte, para concluir, que no me disgusta Nisco, el hijo del alcalde: es mozo de juicio, aunque pudiera ser menos presumido y valdría más; pero ¿por qué es tan amigo tuyo? De un tiempo acá, no os separáis. Ya sé que sois camaradas de la infancia; pero me parece demasiada intimidad la que os une para lo diversas que son vuestras educaciones. Lo probable es que se te pegue á tí su tosquedad, y no á él tu cultura.