—Pues ¡vea usted lo que son los juicios humanos!—respondió Pablo, mientras Ana atendía al diálogo con vivísima curiosidad, particularmente desde que su padre había nombrado al hijo de Juanguirle.—Precisamente porque se le pegue eso que usted ha llamado mi cultura, anda Nisco tan cerca de mí un tiempo hace.

—Asegúranlo por ahí—dijo Ana con malicia;—y es raro el caso.

—Pues yo le encuentro lo más natural del mundo—replicó Pablo.—Nisco es un mozo trabajador y muy despierto, harto más inteligente en su oficio que la cáfila de zopencos que le critican. Acompañábame al cierro del monte; me enseñaba lo que yo no sabía, y me ayudaba, y me ayuda, con su inteligencia, y hasta con sus brazos, en aquellas faenas que están á mi cuidado exclusivo desde que el cierro se roturó. Escribía mal y leía peor, porque no le enseñaron otra cosa. Andando en mi casa y descansando en mi cuarto muy á menudo, vió libros sobre la mesa y quiso que le leyera algunos. Eran cuentos agradables; gustáronle y deseó saber leerlos como yo se los leía, para penetrarlos mejor; después deseó también soltarse en la escritura, y comencé á darle lecciones de uno y de otro con mucho gusto, porque yo observaba el muy grande con que él las recibía. Y así estamos. No llegará á ser nunca gran pendolista ni un lector de nota, porque el oficio que trae es incompatible con esos primores; pero adelanta, se sujeta mucho, despiértanse en él aficiones y gustos superiores á su condición, y esto es muy recomendable; y, sobre todo, padrino, Nisco es lo mejor del pueblo para los fines que usted me predica, y á Nisco me agarro.

—¡Bien vuelta, muchacho!—contestó don Juan hecho unas castañuelas;—lo cual no quita que el pobre mozo, por el camino que va, se queda tan lejos de ser hombre culto, como de las labranzas de su padre; y ¡entonces sí que le tocó la lotería! De modo que tampoco es Nisco lo que te conviene para mucho tiempo.

—Pues usted dirá,—repuso Pablo, con una formalidad tan noblota, que hizo reir á don Juan y á su hija.

—¿Es cosa resuelta—preguntó el primero,—que abandones la carrera que seguías en la Universidad?

—Resuelta.

—Pues entonces, ¿qué demonio te diré yo, hombre? Si has de vivir perpetuamente en Cumbrales; si á la edad que tienes no sacas de tí mismo recursos para hacer la vida entretenida y llevadera, sin necesidad de tocar los extremos peligrosos de que antes te hablé; y si, á pesar de estos inconvenientes, has de ocupar con el decoro debido el puesto que aquí te corresponde, sólo veo un medio de conseguirlo: cásate.

¡Cosa rara! Ana, que seguía con la vista á su padre mientras hablaba así, no bien oyó su última palabra, se puso roja como una amapola, bajó la cabeza sobre la labor, y no encontraba postura cómoda en la silla. Cuanto á Pablo, sin duda porque no había otra mujer que Ana allí, volvió los ojos hacia ella... y rojo se puso también al choque de su mirada curiosa con la turbada y eléctrica de la hermosa joven. ¡Singular efecto de una palabra vulgar y prosáica! Ni siquiera tuvo el color de la malicia, puesto que don Juan de Prezanes, cuando la pronunció, estaba arrimado á la ventana y mirando maquinalmente las nubes del horizonte.

Al volverse luégo hacia Pablo en demanda de su respuesta, ya era éste dueño de sí.