Quizá pensando así, dijo, al cabo, María mientras examinaba el largo pespunte que acababa de hacer, deslizando la tela entre los dedos de sus manos:
—Y ¿cómo vamos de lecciones, Nisco? ¿Adelantas mucho?
Ya ve el lector que no podía decirse menos que esto tras un espacio tan largo de silencio.
—No tanto como yo quisiera,—respondió Nisco mal y á trompicones, por lo mismo que tenía empeño en responder al caso y con voz bien afinada. Faltábale el hábito de hablar con señoras y bajo cielo-raso, y esto ofrece gravísimas dificultades cuando se trata de soltar de pronto la voz, una voz ajustada al diapasón de la naturaleza agreste, en un centro reducido y sonoro y delante de una dama á quien se desea agradar.
María, sin fijarse gran cosa en los desentonos de Nisco, volvió á decirle:
—Es algo rara esa afición que te ha entrado de pronto á esas cosas.
—Rara, ¿eh?—contestó el mozo, más atrevido ya y menos desaplomado.—¿Cree usté que es rara? Pues quizaes lo sea, si bien se mira... y quizaes no, por otra parte.
—Ahora sí que no lo entiendo, Nisco,—díjole María riéndose muy de veras.
—Pues yo le diré á usté—añadió el mozo muy animado con la regocijada actitud de su interlocutora.—Para el oficio que traigo, no es mayormente al auto el pulimento que deseo en el porte y genial de la persona, si uno ha de estar de sol á luna, fijo en la brega del campo, sin más aquél de cubicia que lo que tiene á la vera; pero si, pinto el caso, al hombre, por su luz natural ú roce con quien la tenga, no le basta eso solo... y quiere, es un decir, quiere... vamos, valer algo más de lo que vale, bien séase por la fantesía del valer ú por tomar alas con qué volar un poco... porque sienta allí dentro... vamos, quien se lo mande, como el otro que dice... en fin, señorita, el saber no ocupa lugar; y yo quisiera, si no ofendo, saber algo más de lo que sé, por valer algo más de lo que valgo.
—Bien pensado está todo eso—replicó María muy afable;—pero algún motivo especial habrá para que tan de repente te haya entrado ese deseo.