—Pues ya se lo he dicho á usté; y si es cierto el refrán de «no con quien naces, sino con quien paces...»

—¿Luego tu frecuente trato con Pablo es la causa de todo?

—Puede que lo sea,—respondió Nisco, contoneándose en la silla y atusándose mucho el pelo.

—Pero ¿cómo ese deseo no te ha asaltado hasta ahora, siendo así que á mi hermano le tratas desde niño?

Con esta pregunta le entró al mozo tal hormigueo, que en un buen rato no le dejó sosegar.

—Consiste eso, señorita—logró responder al fin, aunque á tropezones,—en que los tiempos, al respetive que corren, van cambeando... y, por otra parte, los ojos de la cara no lo ven todo de un golpe.

—¿Es decir que los tuyos han visto, de poco acá, algo que no habían visto antes?

—¡Cátalo ahí!—exclamó Nisco, sudando de congoja y medio turulato.

—Pues á eso quería yo venir á parar—añadió la joven, como si se gozara en la angustia del aldeano.—¿Es decir que porque ahora ves algo que antes no has visto, deseas valer más de lo que valías?

—¡Eso, eso!—gritó aquí el mocetón, rojo, cárdeno y amarillo, todo á la vez.