—Pues mira tú cómo la gente se equivoca en la mitad de lo que piensa—añadió María, esgrimiendo ya con verdadera saña, contra el acorralado galán, las armas de su travesura, que aunque no eran muchas, en el desapercibido é inerme muchachón causaban heridas tremendas:—yo te creía el mozo más feliz de Cumbrales, con una novia tan hermosa como Catalina; tan conveniente para tí...
Estas palabras fueron para Nisco un golpe en mitad de la nuca. Tardó en volver del atolondramiento en que cayó; pero volvió al fin, remilgóse y dijo:
—Relative á este punto, crea usté que hay sus mases y sus menos.
—Ya lo supongo por lo que has hecho; pero precisamente en eso que has hecho está lo que no se comprende. Catalina es la mejor moza de la comarca.
—Esa fama tiene,—respondió Nisco con desdén.
—Y bien merecida. Cuéntanla muy enamorada de tí.
—Bien pudiera ser,—dijo el rústico galán, con una sonrisilla vanidosa en que se pintaba la alta idea que de su propio valer tenía el hijo de Juanguirle.
Sonrióse también María, y continuó:
—Es rica entre las de su clase.
—No diré que no lo sea.