—Tiénenla por hacendosa.

—Pshe...

—Y es lista y de mucho juicio.

—Podrá ser.

—Pues si todo eso es Catalina, ¿dónde puedes haber visto tú cosa que más valga ni que más te convenga?

Otro golpe en la nuca para Nisco.

—Onde está quien más vale que Catalina—logró decir el mozo,—bien lo sé yo. Si me conviene ú no me conviene más que la otra, también lo sé... Si se me dirá que sí ú se me dirá que no... ahí está el ite de la cosa; porque, hablando en verdá, si la merezco ú no la merezco, caso es de pleitearse mucho.

—Eso prueba, Nisco, que has puesto los ojos muy en alto.

—Confieso que sí; pero sin culpa mía, porque los ojos se van detrás de lo que apetecen, sin pedirle al hombre su parecer. Lo que decir puedo es que, desde que ví eso tan alto, ando buscando el modo de subir allá, siquiera para decir «aquí estoy» en la solfa en que debe decirse; cosa que al presente no sé... ¡que si lo supiera!...

Interesábale tanto á la joven la conversación en que se había empeñado con el bueno de Nisco, que ya no cosía. Apoyando sus brazos en la almohadilla que sobre sus rodillas tenía, jugueteaba con la tijera y mordía una hebrita de seda, cuyo extremo suelto asomaba húmedo entre sus labios frescos y rojos; miraba al mozo con no disimulada curiosidad, y estudiaba en él las impresiones que iba causándole el interrogatorio á que le tenía sometido; interrogatorio que acaso no hallen del todo verosímil las damas del mundo elegante (si entre ellas las hay con el mal gusto de leerme), la crítica superficial y cuantos desconocen el modo de ser de estas gentes montañesas. En pueblos como Cumbrales, se sabe en cada casa lo que ocurre en las demás; y en salones como el de don Pedro Mortera, donde la familia cose y habla y reza, muy á menudo se oyen relatos harto más insubstanciales y pesados que la amorosa cuita del hijo del alcalde; porque allí van los pobres á llorar las suyas; los atropellados á pedir consejos... y más de una vecina á remendar la saya ó á que le corten una chaqueta ó le escriban una carta para el hijo ausente. Además, los unos son colonos de la casa, otros han servido en ella, y todos se codean en la iglesia, en la calle ó en el concejo. De esta mancomunidad de intereses y de afectos, nace la íntima cohesión, algo patriarcal, que existe entre todas las jerarquías de un mismo pueblo; cohesión que, no por ser fecunda en ingratitudes, rencillas y disgustos, deja de existir en lo principal, afirmada en el inquebrantable respeto de los de abajo á los de arriba, y en la cordial estimación de éstos á los de abajo. Así se explica que María, con su genio parado, poco expansiva, y corta y desconfiada en su trato con gentes extrañas y de su esfera, aun sin el estímulo de la segunda intención que algún malicioso pudiera suponer en ella, se mostrase tan animosa y confiada con Nisco, á quien, además, estaba viendo en su casa desde que éste era muchacho.