Volviendo ahora al interrumpido diálogo, sépase que á la vehemente, apasionada y casi dramática exclamación del romántico hijo de Juanguirle, contestó María, mirándole de hito en hito:
—También ese propósito es juicioso y no deja de favorecerte mucho; y tanto podías estirarte tú, que á poco que ella se bajara...
—¿Cree usté que se bajaría?—preguntó Nisco anheloso, corriéndose una silla más hacia la joven.
—Hombre, de todo se ha visto en el mundo—contestó María, parándole con el fulgor de sus ojos rasgados.—Pero se me figura á mí que para que ella se baje todo lo que es necesario, y por mucho que lo desee, hay un inconveniente muy grande y muy difícil de vencer para tí. Puede creer esa persona que te llevan hacia ella miras interesadas. Esto, por de pronto. Después... y aquí está lo grave, Nisco: si dejaste de la noche á la mañana á Catalina, que tanto vale y tanto te quería, ¿cómo haces creer á... esa otra persona que la quieres más que á Catalina?
Aplanó al mozo este argumento. Meditó unos instantes, y replicó:
—La verdá es que si no se me cree por mi palabra ú no se me mandan los imposibles, para que, haciéndolos yo, se vea la buena ley del querer...
Sonrióse María y atajó al mozo de esta manera:
—Te advierto, Nisco, que nos hemos colocado en el peor de los casos imaginables. Bien pudiera ella no reparar en tales tropiezos; y eso nadie lo sabrá mejor que tú que la conoces. Todo depende del carácter y de los humos que tenga esa señora... porque yo creo que es una señora, por la altura en que la has puesto.
—¡Vaya si lo es, caramba!—exclamó Nisco, con una delectación indescriptible.
—Y... ¿la has hablado alguna vez?—preguntóle María con un poquillo de cortedad.