Aquí le entró á Nisco el hormigueo de otras veces; volvió á ponerse tricolor, volteó el sombrero entre las manos, se atusó luégo el pelo, carraspeó mucho, y dijo al fin, con voz ronquilla y destemplada, porque el corazón le daba en el pecho cada porrazo que le aturdía:

—¿Que si la he hablado!... Muchas veces... miento: ninguna... es decir, para que el diablo no se ría de la mentira: hablarla de veras, una sola.

—Pues mira, ya es algo eso. Y ¿qué cara te puso cuando la hablaste de veras?

—¡Como el sol de los cielos, porque así es la suya!

—¿Dijístele algo de lo que deseabas?

—Yo creo que sí... ó puede que no, aunque pretender, pretendílo; pero le entran á uno en esos trances tales congojas y malenconías, y unos trasudores, y siéntense unas ansias en el pecho, y pónense unas telas en los ojos, que por aquí va el hombre con la palabra, y por allá va el su pensamiento.

—Con tal que ella te entendiera... ¿sabes tú si te ha entendido?

Trocóse en fuego la timidez de Nisco, y respondió impetuoso:

—Diera este brazo por saber que sí; que tal me miraron sus ojos y tal me habló con su boca, que luceros de la noche y sinfonías de la gloria me parecieron. ¡Qué señales fueran mejores de que lo alto se abajaba!

—¿Conózcola yo, Nisco?