—¡Como al mesmo personal de usté!

—Pues, hombre, para lo poco que falta ya, dime quién es.

Quedóse aquí Nisco como quien ve visiones, con los ojos encandilados, la boca abierta, cárdeno el semblante y creo que hasta sin pulsos.

En esto se oyó ruido en el corredor, y Ana y Pablo entraron en la sala un instante después. Ana llegó á ver la escena tal como quedó á la última palabra de María. Pablo, al reparar en su amigo, le preguntó:

—¿Me esperabas, eh?

—No... sí... digo, creo que no.., es decir, puede que sí,—respondió Nisco.

—¡Hombre, parece que estás atolondrado! Pues mira—añadió Pablo mientras Ana y María se abrazaban y salían juntas al balcón,—perdona por esta tarde, que estoy muy ocupado, y vuélvete á la noche un rato, como de costumbre... si quieres.

Nisco, que necesitaba aire fresco, despidióse y salió de la sala hecho un palomino. Junto á la escalera halló á don Juan de Prezanes que subía con su compadre, el cual llamaba á su mujer á voces para avisarle la llegada del amigo. Cerca de la portalada alcanzó el mozo á don Valentín, que iba á salir también. El veterano, mientras zarandeaba el casaquín y se sonaba las narices con ímpetu, gruñía y murmuraba. Nisco le oyó decir con ira, mientras levantaba el picaporte del postigo:

—¡Sabandijas!... ¡Servilones!...

No fué Nisco en derechura á su casa: estuvo oreándose la cabeza y los pensamientos largo rato por brañas y callejos. Pasando por una encrucijada, vió venir á Catalina. Irguióse altivo al emparejar con ella, y observó que traía la cara más risueña y el andar más resuelto que horas antes.