Bien corrida era ya la media tarde cuando despertó don Baldomero, porque fué Sidora á levantar la mesa y le dió en la cara con el mantel al echársele debajo del brazo. Incorporóse el hombre lentamente, bostezando mucho y con grande clamoreo; se desperezó á sus anchas, lió un cigarro y le encendió sin dejar de estremecerse ni de bostezar entre chupada y chupada. Salió después del caserón, y, paso á paso, llegó á la taberna, café de los holgazanes desidiosos de aldea.
Junto á la enrejada ventana, por donde el tabernero despachaba á los parroquianos vergonzosos, había una mesa de basto tablero, y alrededor de ella, sentados, hasta tres personajes que voy á presentar al lector, porque debe conocerlos. Vestía el uno un traje entre andaluz y de la tierra (ancha faja de estambre negro á la cintura, calañés, chaleco desceñido, y en mangas de camisa); andaría rayando con los treinta y cinco años; y como aún era mozo soltero, presumía de apuesto sin serlo cosa mayor; ostentaba en la cara anchas patillas negras; miraba gacho y hablaba ceceoso y lento, más por alarde que por natural disposición. Había estado, de mozo, en Andalucía, como tantos otros coterráneos suyos; y era casi el único resto del antiguo jándalo, de los que volvían á caballo, entre rumbo y alamares, escupiendo por el colmillo y, á creer lo que ellos mismos aseguraban, sembrando el camino real de pañuelos de seda y onzas de oro.
No le dió á éste gran cosa la vanidad por ese lado: en cambio, su boca era una carnicería, hablando, mientras acariciaba con la mano el cabo de una navaja que siempre llevaba asomando por el ceñidor, de la gente que él había despachado al otro mundo, no más que por tocarle con el codo al pasar, ó por no dejarle la acera libre, ó por mirar dos veces seguidas á la mujer que por él se moría. Con esto, con no trabajar nada, con frecuentar demasiado la taberna y con amenazar en voz sorda, marcando mucho la sonrisa, al lucero del alba á cada paso, llegó á hacerse temible en Cumbrales, aunque no hay memoria de que nadie le viera cumplir una pizca de lo mucho que ofreció en su vida, ni siquiera tomar parte en las serias contiendas de que fueron causa sus baladronadas impertinentes, en corros y romerías. Pretendió á todas las buenas mozas de Cumbrales, y de todas recibió calabazas; apechugó después con la que quedaba, y ocurrióle lo mismo. Desde entonces se hizo protector de las mozas de Rinconeda, y esto acabó de desacreditarle en su pueblo. Llamábanle el Sevillano, y nadie le podía ver en Cumbrales, pero ninguno se atrevía á decírselo á la cara.
El personaje que estaba enfrente de él en la mesa era un mocetón hercúleo, de mucha y enmarañada greña, y sobre ella, tirado de cualquier modo, un sombrero negro de anchas alas. Estaba despechugado y dejaba ver un cuello robusto, unido al abovedado pecho por un istmo de pelos cerdosos, entre músculos como cables. No era fea su cara, pero tampoco atractiva, aunque risueña. Pecaba algo de sucia, y no eran sus ojos garzos todo lo grandes ni todo lo pulcros que fuera de desear. La barba, no muy bien afeitada, y el pelo, tenían un color mal determinado, entre rubio y negro, matiz que daba una feísima entonación al rostro; el cual, sin haber en él reflejo alguno de maldad, acusaba cierta grosería de instintos que repugnaba. Pues este mocetón, también en mangas de camisa y con la chaqueta al hombro, era el famoso Chiscón el de Rinconeda, gran amigo del Sevillano de Cumbrales, y pretendiente de Catalina desde que Nisco la había dejado. Tenía algunos bienes, y era trabajador cuando quería; pero mucho más dado á zambras y bureos, y un apaleador de gran fama.
El tercer personaje era un pobre hombre, de edad incalculable á la simple vista, anguloso y acartonado, encogido y bisunto.
Aunque cargado de familia, tenía horror al trabajo duro del campo, y se había propuesto hacerse rico de sopetón; para lo cual contaba con dos elementos importantísimos: su ingenio y la manía de las herencias gordas de la otra banda. De su ingenio eran producto multitud de artefactos, para los que había pedido, con mal éxito, privilegio de invención ó cincuenta mil duros al Estado. El más ingenioso de sus inventos, y por el que revolvió la provincia entera hasta conseguir que el ministro de Fomento examinara el prodigio, fué un cepo para cazar topos en el instante en que estos minadores sempiternos arrojan la tierra sobre el prado; pero se tocó el inconveniente de que era preciso adivinar dónde iba á formarse la topera para colocar allí el aparato y juzgar de su utilidad, y no hubo ocasión de tratar del punto secundario que se mencionaba en la breve memoria del autor, ó sea el millón y medio que éste pedía por el invento, aunque con la obligación de construir uno á sus expensas para las necesidades del Gobierno de la nación. En estos ensayos empleaba la mayor parte del tiempo que pasaba en casa, serrando listones y tabletería que atrapaba aquí y allí, aviniendo y combinando pedazos, fuerzas y resistencias. Diéronle, por esto, el nombre de Tablucas, y con él se le llamaba y á él respondía, casi olvidado ya del verdadero.
No por estas atenciones descuidaba el asunto de las herencias, que todos los días le daba no poco que hacer. Siempre tenía una ó dos entre manos. Referían los periódicos que un archimillonario había muerto en el Japón, supongamos; contábanselo á él los que ya le conocían el flaco, ó lo inventaban, ó llegaba un pobre á la puerta y le decía:—«Y ello ¿habrá algo de cierto en eso que se corre al auto de unos treinta millones que están depositaos en el Gubierno de arriba, por no conocerse á los herederos del montañés que los dejó al morir en el Pirul, de Padre Santo, rey... ú cosa así?» En cualquiera de los casos preguntaba Tablucas:—«¿Está ese pueblo en la otra banda?» Contestábanle siempre que sí; y ya no necesitaba saber más.
Hubo en su familia un individuo que sobre el año 20 pasó á las Américas y de cuyo paradero no volvió á saberse nunca; y en todos los ricos, muertos abintestato en la otra banda, es decir, en América, en la China... en cualquier punto remoto de la tierra, llamárase aquél como se llamara, veía Tablucas á su pariente, rebuscando su genealogía, cotejando fechas y acumulando supuestos é imaginaciones. Colocado ya sobre el rastro del asunto, como él decía, consultábale con los licurgos callejeros de Cumbrales; después con los abogados de veras; luégo con el cónsul de la nación en que había muerto el pariente, y, por último, trataba de entenderse con el ministro de Estado. Á todo esto, llenándose los bolsillos de papelucos con nombres de personajes, respuestas vagas de este agente ó del otro alcalde, y de fes de bautismo, sin que faltara la del ignorado pariente, y arreglando en su imaginación la historia de tal modo, que el más sutil se quedaba perplejo al oirla. Todo esto le costaba dinero, viajes y molestias sin número; pero vendía gustoso el mendrugo de su familia, y jamás le cansaban las idas y venidas, ni le desalentaban desengaños ni malas razones. Así, hasta que se moría otro millonario, y dejaba, por seguir á éste, el rastro del anterior, exclamando al emprender la nueva campaña, alegre y regocijado:—«¡Bien dije yo siempre que por este lado había de venir la herencia!»
Por lo demás, aunque frecuentaba mucho la taberna, no era gran bebedor, y rara vez se emborrachaba. Hablar de sus máquinas y enseñar los papeles referentes á la millonada que estaba para caerle, era su pasión predominante fuera de casa.
Detrás del mostrador estaba, llenándole de cuentas con tiza, Resquemín, el tabernero, hombre bien engrasado, algo viejo y de áspero y avinagrado humor.