Sobre la mesa, entre los tres personajes descritos, había, además de un jarro con su correspondiente vaso, una ociosa baraja, algo parecida, por lo resobada y maltrecha, á aquélla con que Pedro Rincón y Diego Cortado ganaron al arriero de la venta del Molinillo doce reales y veintidós maravedís, si no me engaña la memoria.

Ociosa, como he dicho, estaba la baraja, acaso porque faltaba un pie para un partido á la flor de cuarenta; pero no lo estaba tanto el vaso, que á menudo andaba de mano en mano y de boca en boca, colmado del tinto que oportunamente escanciaba Chiscón, quien, por las trazas, era el que convidaba allí.

Andaba éste en tentaciones de pedir á Catalina á la hora menos pensada; visitábala por las noches, en presencia de toda la familia, pues este favor no se niega jamás en ninguna cocina montañesa, y gustábale mostrarse rumboso ante la gente de Cumbrales, por lo que esto pudiera servirle de recomendación á los ojos de su novia, que, dicho sea de paso, no se los ponía de resistencia, aunque sólo con el disculpable propósito de encender resquemores en el pecho de Nisco. Tomaba Chiscón la buena acogida por donde más le halagaba, y proponíase abreviar los procedimientos, por lo que pudiera ocurrir. De esto se había hablado algo aquella tarde entre él y el Sevillano, que con sus consejos y protección le ayudaba, y hasta acababa de brindarse al de Rinconeda para limpiarle de estorbos el camino, si por estorbo tenía á Nisco todavía. Cabalmente había sido el hijo de Juanguirle el causante de que Catalina no le diera cara cuando él la pretendió. Y bien sabe Dios que si Nisco le hizo desalojar la calleja más que á paso, fué porque él no llevaba encima la herramienta, y el otro comenzó á ventear el garrote. ¡Si le tendría ganas el Sevillano! Agradecióle el brindis Chiscón, pero desechó el servicio por innecesario.

En esto llegó Tablucas, que no habló de sus máquinas ni sacó los papeles de su pleito. Traíale últimamente muy preocupado y absorto otro asunto harto excepcional y perentorio; y por esta herida respiraba solamente, y de esto hablaba en todas partes, y de esto habló allí entonces tan pronto como se sentó y le pellizcaron la lengua Resquemín y el Sevillano, que ya conocían el conflicto.

—De lejos todos somos valientes—decía el hombre de los inventos y de las herencias, respondiendo á las chanzas de los otros;—pero allí vos quisiera yo ver, ¡córcia! allí, en la soledá de la noche, clamando la familia aterecía de espanto; y tamborilazo va y tamborilazo viene á la puerta. ¡Vos digo que aquello levanta en vilo!...

Aquí estaba el asunto cuando entró en la taberna don Baldomero. Arrimóse al lado libre de la mesa, sentóse perezosamente, y dijo, después de dar entre dientes las buenas tardes:

—Resquemín... la sosiega.

El tabernero tiró de pronto la tiza contra la pared, púsose en jarras, y moviendo á uno y otro lado la cabeza, sin apartar de don Baldomero los ojos de gato irritado, comenzó á decir con su voz atiplada:

—Me paece á mí, ¡jinojo! que el día menos pensao le va á resquemar á alguno el mote en la asadura; porque ¡jinojo! si piensan que yo soy guitarra para dejarme tocar de todo chafandín que á bien lo tenga, ya estáis aviaos... ¡Porque ¡jinojo! cuando á mí se me sube el tufo á la cabeza, soy tan hombre como el que más!... ¡Y no digo más!... ¡Y ésta y no más!... ¡Pues no faltaba más!... ¡Jinojo!

—¡Ingrato! ¡mal tabernero!... ¡Después que te lo digo para adularte, me riñes todavía?