Á esta chanza socarrona del impasible don Baldomero, replicó Resquemín hecho una lumbre:
—¡Yo no necesito las adulaciones de usté ni de naide, jinojo!... Yo me futro en ellas ahora y siempre; y en usté... y en todos los presentes... y en el mundo entero, ¡jinojo! que no estoy aquí para recreo de naide, sino por el mío, ¡jinojo!... Y el día que me dé la gana, dejo el oficio, ¡andando! que para eso tengo posibles... Y si me da el real antojo, echo todos estos trastos á la calleja, ¡rejinojo!... y si me apuran un poco, lo hago ahora mismo... ¿ve usté este vaso? ¿le ve usté bien? Pues éste es el caso que hago yo de este vaso... (Y no le rompió.)—¿Ve usté esta botella? ¿la ve usté bien? Pues éste es el caso que hago yo de esta botella. (Y la dejó donde estaba.) ¡Á mí con esas, jinojo!... ¡Si soy yo más hombre!... ¡Con burlas á mí!... Valiérales más á algunos pagar á menudo las cuentas; que á fe que la hay con más renglones que la letanía de los Santos, ¡jinojo! Y no digo de quién, porque no me da la gana: por eso... ¡Y no hay más que eso!... ¡Y sobra con eso!... ¡Jinojo!...
Después abrió los bastidores de un armarillo, y volvió á cerrarlos, y tornó á abrirlos, y al cabo cogió un vaso pequeño, le llenó de aguardiente y se lo llevó á don Baldomero.
—Aquí está la sosiega—dijo plantando el cortadillo en la mesa.—Y ¡jinojo!—continuó,—naide se extrañe de que el hombre se remonte un poco á lo mejor... porque no es uno de peña, ¡jinojo!... Y buenas son las chanzas, pero no tanto que ofendan. Tanto me estimas, tanto te aprecio. ¿No está esto en ley?... ¡Pues vívase en ley!... ¡Esa es la ley... jinojo!
Así era aquel hombre.
Chiscón y el Sevillano, sin hacerle maldito el caso, seguían comentando, medio en serio y medio en broma, los relatos de Tablucas.
—La primera vez—dijo éste, cuando calló Resquemín,—pensé que era algún vecino que llamaba con apuro. Salí corriendo, abrí la puerta... y ná, por más que miré aquí y allí. Pregunté á la viuda... porque ya sabéis cómo está la mi casa... desde aquí se ve enfilá con el esconce de la iglesia: tal como aquí está ella, y pegante por la derecha la de la viuda de Pedro Jelechos; en un mesmo portal... puerta con puerta, vamos. Pregunté á la viuda, y díjome que ni ella había llamao ni había oído porrazo alguno. Un bardalón tremendo rodea por detrás las dos casas... por allí no puede saltar naide á los huertos, ni tiempo tuvo de esconderse en ellos después de llamar, porque yo abrí tan aína como oí los golpes, y el corral no tiene más salida que la portalá; las tapias son muy altas, y en el corral no se vió alma viviente, ¡y eso que la luna alumbraba de firme! Bueno. Á la otra noche, estábamos cenando, y ¡plun! de repente, ¡zas! á la puerta. ¡Cristo mío, qué tamborilazos! ¡Naide probó más bocao allí! En esto se oye una voz, como de alma en pena, que dice por el ojo mesmo de la llave:—«¡El que salga afuera en toa la noche, ó quiera saber quién llama, perece!...» Quedéme patifuso, y entendí que la mujer y los hijos fenecían de temblor. ¡Como no saliéramos, córcia!...
—¿Y á la otra noche?—preguntó el Sevillano, que no apartaba la vista de los ojos de Tablucas.
—Á la otra noche—continuó éste,—ná, porque arreció el ábrego... ¡y esto me da á mí mucho que cavilar! ¿Hay juriacán ó negrura? Ni un soplo se oye allí. ¿Hay sosiego y luna clara? Pus ¡leña á la puerta! De modo y manera que, por unas ó por otras, de mi casa no sale una mosca tan aína como anochece... Y esta vida traigo dos semanas hace... ¡Decíme vusotros, córcia, si tal vida se puede aguantar!
Don Baldomero, en tanto, fumaba, sorbía alguna que otra vez, y parecía no dar la menor importancia al relato de Tablucas.