Preguntóle Chiscón si sospechaba de alguien, y respondió el atribulado personaje:
—¡Córcia, si sospecho!.,. Y no lo digo por la viuda, aunque mujer es de laberintos y tapujos y de un vivir como es público y notorio desde que le faltó el marido y paece que le cayeron las Indias en casa, según lo que se peripone y redondea, cuando, en pura equidá, debiera andar á la limosna, sola y sin bienes como se ve... Más poder tiene que ella y que todo hombre nació quien la mi puerta aporrea sin fegura corporal como nusotros. Lo que con ese ultraje se busca en mi casa, no lo sé á la presente; pero tocante á quien me le hace... ¡córcia si lo sé! Y lo sé, porque lo he visto... ¡lo he visto con estos mesmos ojos!... Y al auto de ello, vos diré que en una de las noches de los tamborilazos, no teniendo pecho para abrir la puerta, subíme al sobrao, y por un ujero de la ventana miré hacia el Campo de la Iglesia, por si descubría á alguno que corriera hacia acá, cuando veo encima de ese murio viejo que pega con el mi corral, y mira que mira hacia mí, un perrazo blanco y negro, que no miento si digo que era tan grande como el toro de la cabaña. Á la otra noche, el mesmo perro en el mesmo sitio... y siempre que hay garrotazos en la mi puerta, el perro en el murio. ¿Qué hace allí ese perro, córcia? ¿Qué perro puede ser ese? ¿Qué ha de ser ese perro sino ella mesma?
—Y ¿quién es ella mesma?—preguntáronle.
—¡Pus la Rámila, córcia... la Rámila! Pondría las dos orejas á que es ella. Y si miento ú no miento, ha de saberse pronto, porque tengo en el magín una idea... que se verá en su día... Y no digo más, ¡córcia!
Apuró don Baldomero el último trago de la sosiega, y dijo á Tablucas:
—Pues yo te daría un consejo... si estás en tus cabales cuando oyes los linternazos á la puerta y ves el perro en el murio.
—Lo oigo y lo veo como á usté á la presente; y lo oyen y lo ven la mujer y los hijos. ¡Ojalá no lo viéramos ni lo oyéramos pizca!
—Pues mi consejo es que hables poco de ello y que sigáis cerrando la puerta al anochecer... por si acaso te baldan de un garrotazo. Por de pronto—añadió don Baldomero cogiendo la baraja que estaba sobre la mesa,—vamos tú y yo á meter mano á estos dos valientes, en un partido á la flor; y eso te distraerá un poco.
—Hasta el anochecer y no más, ¡córcia!—replicó Tablucas;—porque en cerrando la noche, no será el hijo de mi padre quien pase junto al murio.
—Yo te aseguro que estando conmigo—díjole don Baldomero,—nada malo han de hacerte las brujas: soy un puro amuleto de los pies á la cabeza.