—¿De veras hallas en la luna cosa que se parezca á un rostro humano?

—Yo no he visto eso en otras lunas que las pintadas en el calendario, María; pero, forzando un poco la imaginación, se distingue algo como nariz...

—Pues yo no veo sino un rimero de manchas...

—Justo, lo que ven los muchachos de Cumbrales: una vieja sentada encima de un coloño de espinos. Estaba robándolos de noche, y, en castigo, la sorbió la luna.

—Así dicen.

—Por bien poco se atufó esa señora... ¡Si el robo hubiera sido de un bolsillo de onzas siquiera!...

—¡Esta sí que no es ilusión, Ana!... Mira aquella nube amarillenta y sola, á la derecha de la luna. ¿Has visto cosa más parecida á un león agazapado?

—Algo tiene de eso, efectivamente... Pero si á ver vamos, mira estas pardas de la izquierda: yo veo en ellas un caballo á escape, y otro á su lado mordiéndole las crines; y detrás, un rebaño... no sé de qué; y hasta los pastores con sus palos...

—¡Ave María purísima! Yo no veo señal de esas cosas.

—Pues yo sí, y no me asombran, que, aun sin subir tan arriba, se ven otras mucho más raras. Aquí abajo, en Cumbrales mismo, hay mujer que á su amiga ¡qué digo amiga! á su hermana, le oculta el sentir de su corazón.