—¿Volvemos á lo de antes, Ana?

—Sí, señora... ¡y mucho que vuelvo! porque eso no se hace. ¡Tener ya envejecido, como quien dice, un amor en el pecho, y necesitar yo, su amiga y confidente, sacarle con tenazas lo poco que he llegado á saber!...

—Y ¿qué adelantaríamos, Ana, con que yo te hubiera dado cuenta de todo?

—Lo que se adelanta siempre en esos casos: por lo menos, hablar de ello á menudo.

—Un imposible. ¡Buen asunto para nuestras conversaciones!

—Se habla sobre el mejor modo de vencerle.

—Como yo sé que no le he de vencer...

—Pues se la riñe á usted por haberse metido en tales honduras á tontas y á locas.

—Cuanto más se manosea una herida, más duele: es preferible hacer lo que yo hago, considerando la mía incurable: tratar de olvidarla en silencio.

—Pero, María—dijo aquí Ana acercando más su silla á la de su amiga,—hablando con toda formalidad, ¿será posible que los síntomas que vengo observando en tí algún tiempo hace, y las pocas palabras que he podido arrancarte, acusen real y verdaderamente una enfermedad de tal naturaleza?