—¿De qué naturaleza?—preguntó María sorprendida.
—Me has asegurado que jamás tu padre aprobaría esa elección que has hecho...
—Y es la verdad.
—Porque hay entre él y esa persona poco menos que un abismo.
—Cabal.
—Pues en ese abismo es donde se pierde mi curiosidad, María; que aunque todos los abismos convienen en ser «negros é insondables,» según la fama (yo no he visto ninguno todavía), debe haberlos más y menos espantosos... y hasta más y menos necesarios; y tales riesgos pueden existir para tí al otro lado del tuyo, que mi padrino haya obrado como un sabio al ponértele delante.
—Muchas gracias por el consuelo, Ana.
—No te lo dije por mortificarte, María, y perdóname... pero escucha. Hay matrimonios, llamados imposibles, por discordancias de caracteres entre las dos familias interesadas; por diversidad de ideas religiosas ó políticas; por notable desequilibrio en los bienes de fortuna ó en la honra personal; por diferencia de alcurnias; y, por último, los hay que, además, son ridículos, y si me apuras, grotescos, por no concordar los novios ni en caudales, ni en jerarquía, ni en educación. Con franqueza, María, ¿cuál de estos casos es el tuyo?
Á lo cual dijo María con calor:
—¿Me prometes, si te lo confieso, responderme con la misma franqueza á las preguntas que yo te haga después?