—¿Sobre asunto parecido?—preguntó Ana.

—Idéntico,—respondió María.

Sonrióse aquélla y dijo:

—¡Qué más quisiera yo, hija mía, que tener algo de eso que contarte!

—No trates de curarte en sana salud.

—Te contaré hasta mis aprensiones: ¿quieres más?

—Eso me basta. Trato hecho, y empiezo á cumplir mi compromiso... es decir, á responder á tu pregunta.

En esto se oyó vocear á don Juan de Prezanes, que con sus compadres y Pablo continuaba charlando, á obscuras, en la sala. Sobresaltóse Ana, más por lo especial del sonido que por la fuerza de la voz, y dijo á María interrumpiéndola:

—Se me antoja que no ha de ser muy duradera esta reconciliación si se dejan los genios á su albedrío. No va á haber otro remedio, María, que armar un pronunciamiento entre nosotras.

—¿Qué temes ahora?—preguntó María.