—Escucha á mi padre.

La voz de éste era recia y destemplada entonces.

—Ya que el diablo ha metido aquí la pata—decía,—echando sobre la mesa la envenenada manzana de la sempiterna cuestión de los genios dulces ó amargos, déjese á cada cual defender el suyo en buena lid, que hablando se entiende la gente, y no metiéndose los dedos por los ojos, ¡caramba! Yo no pretendo ser mejor que nadie; pero tampoco me conformo con que otros presuman de ser mejores que yo. La forma no importa dos cominos: el fondo es lo que hay que mirar; justamente lo que menos se mira y se respeta en el mundo. Estoy cansado de oir: «don Fulano... ¡gran sujeto!... persona muy atenta, muy fina, incapaz de faltar á nadie;» y todo porque don Fulano jamás dijo una palabra más alta que otra, y tiene siempre una sonrisa en los labios... hasta cuando despluma á su vecino, ó vende la amistad jurada por un puñado de dinero ó por cosa que lo valga. Pues al contrario: «¡don Perengano!... ¡no se le puede aguantar; es un grosero, una fiera!» porque don Perengano se tasa en lo que vale y no engaña al mundo con sonrisas falsas.

—Te sales ya del carril, Juan—dijo entonces don Pedro.—Bueno es que el hombre lleve el corazón en la mano; pero en lo puramente genial, hay que irse con mucho tino; hay que contenerse, que dominarse un poco...

—Justamente, Pedro. Pero que no se eche toda la carga al irascible; que empiecen por contemplarle algo los que saben de qué enfermedad padece; que no le irriten; que no le puncen; que le concedan siquiera lo que en justicia se le debe... Y esto me trae á la memoria un ejemplo de todos los días. Cuatro personas se ponen á jugar, por pasar el tiempo. Tres de ellas son de las llamadas de mucha correa. Pierden, y permanecen serenas, inalterables, atentas, finas y comedidas en todo: lo mismo que cuando ganan. La otra persona es un hombre de los míos: nervioso, irritable, sulfúrico. Tócale perder á él y comienza á descomponerse, y acaba por ser, real y verdaderamente, inaguantable... Pero ¿por qué? Por la falta de consideración de los demás. Lo que pierde es insignificante; y no es esto lo que le irrita. Acaso sea él el más desinteresado de todos; quizá, fuera de allí, sea un manirroto para el dinero, al paso que los otros tres den primero un diente que un ochavo. Pero á las primeras señales de su inquietud, comenzaron los señores «de mucha correa» á dejar de tenerla para él; á irritarle con gestos de desagrado, con sonrisas de burla ó con palabras acres; hasta que, en fuerza de avivarse el fuego, llegó éste á la pólvora y voló la santabárbara.

—Pero ¿por qué el irascible no se contiene antes de dar ocasión á que sus compañeros, con razón sobrada, comiencen á renegar de él?

—Porque no puede: lisa y llanamente porque no puede. Cuando «los hombres de correa» pierden, no ven más sino que no ganan, que se les niega el naipe y que se levantarán de la mesa con unos reales menos de los que tenían en el bolsillo cuando se sentaron. Esto es todo lo que ven y esto es todo lo que sienten: nada de lo que siente y ve el otro.

—¿Qué puede ver y sentir ese otro, que más valga en el juego, aunque sea éste por mero pasatiempo?

—¿Qué puede ver y sentir? Un infierno de cosas y de impresiones. Ve, por de pronto, convertirse para él en leyes infalibles lo que para otros son coincidencias insignificantes. Por ejemplo: que las cartas sin valor que recibe y le hacen perder las bazas, son del palo de oros cuando da Fulano, ó del de copas cuando da Mengano; que siempre que éste enciende un cigarro ó el otro enreda con las fichas, le ganan á él un resto, ó le dan codillo, ó le acusan las cuarenta; que cada vez que Zutano se sonríe mirándole, le sacan uno á uno, y arrastrados ignominiosamente, los pocos triunfos que había podido adquirir... en suma, cada peripecia del juego parece fatalmente subordinada á un plan de la enemiga suerte. Jurara entonces que las figuras de la baraja, tendidas sobre la mesa, adquieren vida y movimiento, y que se burlan de él con sus caras ridículas y contrahechas. Pero hay algo más irritante aún que todo esto; y es una especie de diablillo que lo va señalando con el dedo para que nada pase inadvertido; diablo sin color ni formas, pero perfectamente visible á los ojos del espíritu excitado y vibrante. Toda esta infernal conjuración asedia sin descanso al jugador de mi ejemplo; y esto es lo que le incomoda y le saca de quicio; esto es lo que le ensoberbece y descompone, no los tres míseros ochavos que pierde en la partida; esto es, en fin, lo que no toman en consideración los hombres de «mucha correa» que le acosan en vez de ayudarle, no á ganar, que absurdo fuera entre contrarios, sino á vencer á los conjurados, con un poco de tolerancia y de afabilidad. ¡Valiente hazaña consuman los que de nada se quejan porque nada les duele! En cambio, quien tiene por naturaleza un manojo de cuerdas sonoras, ¿qué mucho que, cuando se le hiere, vibre alguna de ellas! Lo asombroso fuera lo contrario. Luego no se ha de buscar en él sólo el remedio contra ciertas desafinaciones de su temperamento, sino también en la prudencia de quienes se le acerquen y le traten.

—No me parece del todo mal esta teoría—dijo don Pedro,—aunque algunos reparos se me ocurren en favor de las gentes cachazudas que juegan para divertirse y no para ejercitarse en la faena espinosa de conjurar las demasías de un compañero atrabiliario; pero ¿á qué viene toda esa cuestión aquí?