—¡Pues me gusta la pregunta!—repuso don Juan de Prezanes.—¿He sido yo, por ventura, quien la ha traído?... ¿Ó piensas que me mamo el dedo... que no penetro lo que se me quiere decir?
—Por el amor de Dios, Juan, ¡no empecemos!
—¿Lo ve usted!... Ya voy yo á pagar los vidrios rotos.
—¡Te digo que no!
—¡Te digo que sí!
En este punto el altercado, entró Ana en la sala.
—Tiene razón mi padre—dijo muy formal y resuelta:—parece que se complace todo el mundo en llevarle la contraria. No es él quien ha sacado á relucir esa endiablada cuestión.
—Sí, hija mía, sí—añadió don Juan con nerviosa ironía:—sí he sido yo, el insufrible, el energúmeno de tu padre. Aquí todos son buenos, mansos é inofensivos... Ya lo ves: hasta tu madrina calla como una muerta, señal de que también ella me quiere endosar el mochuelo... Y es natural, ¡como yo tengo la culpa!... De todo, ¡de todo lo malo la tengo yo, hija mía! Aquí no oirás otra cosa.
—Pero ¿qué quieres que haga yo, Juan—dijo doña Teresa muy apenada,—si en cuanto comenzáis á hablar de eso ya me tiemblan las carnes! Lo que de buena gana haría, si pudiera, es poneros una mordaza algunas veces, como ahora.
—Con dar la razón al que la tiene, no se agravia á nadie y se evita que las cuestiones se caldeen,—observó don Juan de Prezanes.