—Pues figúrate que fué Pedro quien sacó la conversación...
—Yo no me he acordado de semejante cosa, ¡caramba!—saltó con presteza el aludido.
—Pues ni fué usted ni fué mi padre—dijo Ana.—Sépase de una vez la verdad: quien la sacó fué Pablo.
—¡Si no he desplegado los labios hace media hora!—respondió el mozo desde un rincón de la sala.
—Pues sería yo... ó el diablo, que es lo más seguro—añadió Ana, incomodada de veras.—¡Vea usted qué delito tan grave para que tanto nos empeñemos en sacudirnos de él! Tengan todos un poco de tolerancia, y verán cómo no pasan de lo justo las porfías.
—Por ese lado iban precisamente mis quejas,—exclamó don Juan.
—Pues se quejaba usted con muchísima razón,—repuso su hija.
—Lo cierto es—dijo Pablo, tal vez respondiendo más á sus recónditos pensamientos que á las palabras que oía,—que no bien comienza á sonreirle á uno un poco el corazón, ya tiene el nublado encima.
—Pues por esta vez al menos—contestó Ana,—no han de faltarte brisas que le esparzan... y le esparcerán... Ea, ¡ya le esparcieron!
Y como al decir esto se iluminara repentinamente la sala con los rayos de la luna, que reaparecía sin estorbos enfrente de las puertas del balcón, añadió con suma gracia, señalando al astro refulgente de la noche, mientras fijaba sus ojos picarescos en su padrino: