—¿Quién es el guapo que se atreve á desmentirme?

Celebró don Pedro con recias carcajadas la felicísima coincidencia, y aplaudiéronla los demás, excepto don Juan de Prezanes, que tuvo que morderse los labios porque no le desautorizara la risa que le retozaba en ellos.

—Y ahora—prosiguió Ana,—sepan ustedes, si es que mi padre no lo ha dicho, como lo temo, que este santo que hoy se celebra aquí, tiene octava; en virtud de lo cual el señor don Juan de Prezanes invita á ustedes á tomar chocolate mañana en su casa, donde espera demostrarles que si en rumbo y en despensa hay quien le aventaje, á nadie cede en cariño y buen deseo. ¿No es esto lo que usted pensaba decir, padre?

—Cabalmente—respondió de muy buena gana don Juan, que no había pensado en semejante cosa.—Sólo que con la conversación...

—Se le fué á usted el santo al cielo—concluyó Ana.—Eso sucede siempre que se habla de lo que no viene al caso. Y con esto, si ustedes no disponen otra cosa, nos retiramos mi padre y yo, que ya es hora.

Marcháronse, en efecto, tras una cordial despedida; y con marcharse estos personajes, se acabó el asunto del presente capítulo.


XIII