—Milagros del abono, Pablo.
—Poca calabaza: así me gusta. Es fruto sin substancia y roba mucho á la tierra.
—Pero campa en la heredad.
—Eso sí: gusta ver la planta, cargada de hojas como paraguas, arrastrarse larga, larga, dejando enredado acá un miembro y allá el otro, hasta poner al sol la cabeza sobre el retoño de la linde. Pero decía un médico viejo, á quien yo conocí, que de todas las calabazas del mundo no sacaría el mejor químico un adarme de substancia; y á esto me atengo. Fruto que no alimenta, ¿de qué sirve en la heredad, sino de estorbo?
Así llegaban al cierro, verdadero muestrario de cultivos; vasta extensión de terreno, labrado en la sierra inmediata al monte, bien soleado y circuído de un vallado con hondo foso, y erizado de una espinera blanca, recia y tupida, que en la primavera, cargada de flores, parecía un muro de nieve. Allí ensayaba Pablo sus atrevimientos de cultivador cuando estaba en el pueblo; y desde que era mozo y tan pronto como se acentuaron en él estas aficiones, nunca dejó de hacer una escapada desde la Universidad, con mucha complacencia de su padre, en la estación conveniente á sus propósitos; pues no era imposible, durante el curso universitario, acomodar las exigencias de las principales labores agrícolas á los días de vacaciones.
Cómo volaba el tiempo para Pablo mientras estaba allí metido con Nisco examinando el cierro planta á planta y yerba á yerba, ponderando esto y lamentándose de aquello, lo uno porque respondía fielmente á sus imaginaciones, y lo otro porque le había producido un desengaño, lo comprenderá el lector sin que yo se lo explique en largas consideraciones, que habrían de fatigarle, y á mí también. Y ahora le advierto que si digo todo lo que dicho queda en el presente capítulo, de los entusiasmos campestres de Pablo, no es porque yo me imagine que le sientan bien á un mozo de su edad estas formalidades precoces, pues bien sabe Dios que con ellas solas y sin las muchachadas por que le reprendió su padrino, y la sencillez y noble despreocupación de que nos ha dado muestras, más apto le juzgara para zagal de un idilio cursi, que para personaje de una novela realista; dígolo para que, teniéndolo en cuenta el que leyere, dé toda la significación que le corresponde á la actitud en que, al día siguiente de haber refrescado la familia de don Pedro Mortera en casa de don Juan de Prezanes, sin detrimento de la buena armonía, Pablo y su amigo, que no se habían visto desde la antevíspera, caminaban hacia el cierro del monte.
Iban el uno en pos del otro, lentamente y pensativos. Pablo tronchando yerbas y flores con una varita que llevaba en la mano, y Nisco, con la chaqueta al hombro y el sombrero sobre las cejas, arrollando y desarrollando maquinalmente con sus índices una hoja de maíz. Pasaron junto á un maizal en que habían hozado puercos muy recientemente, y ni una palabra arrancó á los caminantes el suceso; más adelante hallaron á una familia cogiendo una heredad, cosa que nadie pensaba hacer todavía en la vega, y ni siquiera se cansaron en preguntar si el maíz aquél se cogía por tempraniego ó para secarlo en el horno... Aunque vieran cuervos picoteando las panojas, y maíces tronzados ó seturas entornadas, señales de haber entrado bestias en la mies, y tal cual prado todavía con el pelo de agosto, seco, podrido y ya sin jugos... nada, nada les ofrecía motivo para una sola pregunta, ni los sacaba de sus tenaces meditaciones.
Databan éstas, que no eran tristes por cierto, de la misma fecha. Las de Pablo nacieron del consejo que le dió su padrino delante de Ana; las de Nisco, de su conversación con María. Desde entonces andaban los dos camaradas como pareja de palominos atolondrados. Pablo, como quien despierta de un sueño agradable y se deleita en armonizar ideas no muy acordes, y en grabar en la mente imágenes fugaces y confusas; Nisco, viendo y palpando cuadros de bulto, con luz de colores y auras de tomillo y malva rosa.
Entraron en el cierro sin hablar palabra, y con el mismo silencio llegaron al punto más alto de él... y allí se sentaron subter viridi fronde, quedando ante su vista el panorama de Cumbrales y lo mejor de su vega. Llenóse Pablo los ojos de aquel hermoso espectáculo, y el pecho de aquellos aires puros y fragantes, y no dejó Nisco de dar pruebas de que también sabía sentir la hermosura de la naturaleza. Diólas primero mirando con avidez aquí y allá, á pesar de sus cavilaciones; y, por último, rompiendo á hablar de esta manera:
—Lo que se recrea el hombre con visualidades como ésta, es mucho de todo, Pablo.