Nada respondió éste, y añadió el otro:
—Pues cuando uno tiene en sus adentros algo enternecida la entraña, por estimación á otra persona que le quita el sueño, dígote que cosa es que pasma cómo la ves onde quiera que pones los ojos, ni más ni menos que si la llevaras en ellos. Así es que resulta que esa persona, sin estar delante de tí en cuerpo y alma, es á modo de luz que te lo alumbra todo... Entiéndolo yo tal, sólo con las feguraciones de un bien querer... porque no cabe en lenguas ni en papeles lo que uno viera, en salva la ocasión presente, si en manos de uno estuviera aquello que apetece ó que puede apetecer, por convenirle.
Calló Nisco porque se enmarañaba y perdía entre estas metafísicas, y acaso también porque Pablo parecía estar más atento que á escucharle, á contar los varazos que se daba en sus piernas estiradas sobre el campo.
Tras otro rato de silencio, soltó Nisco, de repente y á quemarropa, esta pregunta á su amigo:
—¿Por qué no te casas con Ana, Pablo?
Con la cual pregunta sintióse el mozo tocado en lo más profundo del alma; sacudió el letargo en que yacía, enrojeciósele el semblante, y respondió, entre contrariado y satisfecho:
—¡También tú, Nisco?
—No pensé que naide me hubiera cogido en el dicho la delantera—replicó éste.—Siempre entendí que eso debía de ser; vino á cuento ahora, y te lo dije. Por las trazas, ¿otros más que yo te han cantado la mesma solfa?
—¡Muchos!—respondió Pablo con la mayor sinceridad.
Sólo á Nisco se lo había oído en el mundo; pero hacía cuarenta y ocho horas que se lo estaba aconsejando el corazón, y el pobre mozo pensaba que no le hablaban las gentes de otra cosa.