—Y ¿qué es lo que te para—volvió á preguntarle Nisco,—siendo cosa tan hacedera y conveniente?

—Ya trataremos de eso en tiempo y sazón,—respondió Pablo, mostrándose poco dispuesto á continuar hablando del mismo asunto.

Pasado otro ratito de silencio, dijo Nisco tímidamente:

—Pues, hombre... ya que de eso no, bien pudiéramos tratar de algo que se le asemeja, respetive... á otra persona. ¿Paécete, Pablo?

—Tú dirás,—respondió éste con escaso interés.

Se le bajó el color á Nisco entonces; empañósele la voz un tantico, señales de que iba á acometer arriesgada empresa, y habló así:

—Amigo eres mío, ú no le tengo en el mundo; un sentir me enternece de un tiempo acá, y contigo le quiero tratar como corresponde. Si, llegado el caso, el sentir te ofendiere, cuenta que no te le dije, y perdona... pero considera que si de él te hablo ahora, es porque ya no me cabe en la entraña.

Con este exordio se despertó un poquillo la curiosidad de Pablo. Miró éste á su amigo, y díjole para animarle:

—Veamos qué es ello, señor enamorado.

—Bien sabes tú—prosiguió Nisco,—que hay un decir que dice que la primera vez que se quiere es cuando se quiere de veras... Pues yo te puedo asegurar que ese decir es una mentira muy gorda. Quise yo á... esa probe muchacha que está loca por mí, y antojóseme que aquello y no más era lo que había que ver en el mundo. Paecíanme de mieles sus palabras, soles sus ojos, el mesmo cielo su cara, y su cuerpo, estampa de la gracia andando; pero, hablando con verdá, aunque todo esto me paecía, ni me quebrantaba el apetito ni me quitaba el dormir... como ahora me pasa con esto otro, Pablo; que tal es, que no puedo con ello. Yo nunca tuve este desgano que me añuda el pasapán; ni este temblor de allá dentro, que me engurruña y apoca; ni este acabarme en sospiros día y noche; ni esta congoja del arca, como tengo de antayer acá, sin hora de sosiego.