—¿Desde anteayer lo tienes, Nisco?—preguntóle su amigo.

—¡Desde antayer, Pablo; desde antayer lo tengo!

—¡Malos vientos corrieron ese día!—dijo Pablo sonriendo.

—¡Ni aunque hechizos los trajeran!—respondió Nisco sin penetrar la intención de su amigo.—Desde entonces es cuando ni el sueño me busca, ni el pan me sabe, ni el trabajo me rejunde[2]... Tal me pasa, Pablo; tal te cuento, y el por qué sabrás también, si no te ofende.

—Vamos por partes—dijo Pablo, conteniendo á su amigo que iba animándose por instantes.—Supongo que esa mujer que tales impresiones te causa, valdrá más que Catalina.

—¡Qué tiene que ver!...

—Será más guapa...

—¡Qué tiene que ver!...

—Más rica...

—¡Qué tiene que ver!