—Vamos, una medio señora.
—Medio ¿eh?... ¡Tan señora como la que más!
—Y ¿quiérete como tú la quieres?
—Eso es lo que yo no sé á punto fijo, Pablo.
—Pero ¿lo sospechas?
—Barruntos y feguraciones tengo, que bien pudieran engañarme. Por eso quiero hablar contigo y oir tu paecer.
—Pues voy á dártele en seguida.
—¡Si no te he relatado el caso!
—No lo necesito... ni lo deseo,—dijo el mozo, muy formal.
Si receló algo que no le hizo gracia, jamás se supo; pero es averiguado que habló al hijo de Juanguirle de este modo: