Siempre sobresaltan á las jóvenes preguntas de esta clase, aunque las esperen; y Ana, con ser tan animosa y resuelta de ordinario, no solamente se sobresaltó al oir la de su amigo, sino que se vió en grandes apuros para contestar, entre latidos del corazón y desmayos del espíritu, estas pocas palabras:

—Pues ¿qué te sucede, Pablo?

Verdad es que, aunque sabía muy bien de qué se trataba, no debía responder mucho más que esto.

—Sucédeme—añadió Pablo,—que desde aquel instante parece que me he transformado de pies á cabeza; que no soy lo que antes era; que miro y veo de otro modo, y siento en otra forma... en fin, Ana, que me desconozco. ¿Qué pasó allí?... Yo recuerdo que te miré, y jurara que lo hice sólo por curiosidad; que tú me miraste también, y que las dos miradas se encontraron; que tus ojos, que nunca fueron cobardes, huyeron entonces, y huyendo siguen, de los míos; que de aquel choque repentino resultó algo, á modo de luz, con la que yo ví acá dentro, en lo más hondo y obscuro de mí mismo, cosas que jamás había visto ni pensado, y sentí lo que nunca había sentido. Al propio tiempo, aquella luz, y tú, y mis ojos, y los tuyos, y mi corazón, y mis pensamientos... y el aire que nos rodeaba, y el cielo que se distinguía... todo era una misma cosa; cosa que yo no podía explicar, porque era más de sentirse con el alma que de verse con el entendimiento. Apartéme de tí, y el encanto no se deshizo; pero noté que viéndote como eres, pintada en mi memoria, daba el mayor regalo á mis deseos. Desde entonces acá, en cuanto miran mis ojos sólo á tí ven; y si el campo y el aire y el sol me recrean, es porque todo lo contemplo con el ansia que siento, sin cesar de sentirla, de verte y de oirte. Esto no me pasaba á mí antes: yo te conocía y te trataba, como te conozco y te trato ahora, y tú eras la misma que eres. ¿En qué consiste esta mudanza?

Se deja comprender que Ana oyó toda esta parrafada, ruborosa y un tanto conmovida, y que, llegado el caso de responder á la ociosa pregunta final, lo hizo del modo más sencillo, natural y elocuente: clavando los ojos tímidos en Pablo y callándose la boca.

—¿No lo sabes?—añadió el impetuoso y sencillote galán.—Pues lo mismo que ahora, me miraste aquel día, y la misma luz había en tu mirada. ¿Sientes, al mirarme, lo que siento yo, Ana?... ¿Ó es que tus ojos queman, sin abrasarte?

Sonrióse la joven y preguntó á su vez:

—¿Nunca habías pensado en mí hasta ahora, Pablo?

—Sí que he pensado, Ana; pero sin ser esclavo de esos pensamientos. Cavilando hoy en lo que he sido, en fuerza de asombrarme de lo que soy, acuérdome de que, en mis ausencias, era tu pensamiento el que más me asaltaba en ciertos actos de la vida: por ejemplo, si me ponderaban una mujer por aguda ó por hermosa, contigo la comparaba para calcular lo mucho que le faltaba para valer lo que decían; si algo me robaba la atención por nuevo ó por divertido, lamentábame de que tú no lo vieras también; si un trapo de moda caía con gracia en el cuerpo de una elegante de fama, pensaba yo lo mucho más que luciría en el tuyo... y así por este orden. Pero después se borraba el recuerdo con otros bien distintos. En fin, que, sin dejar de quererte mucho, pensaba yo que te quería... como quiero á mi hermana, supongamos. ¡Pero esto otro es muy distinto!

—Y si estuviera en tu mano la elección—preguntóle Ana,—¿con qué te quedarías, Pablo? ¿con esto que hoy te asombra y desasosiega, ó con lo que ayer sentías, muy tranquilo?