—¿Quién deseará cegar, Ana?

—¡Y dices eso y lo sientes, y no sabes lo que es?

—Sí: lo sé, Ana, lo sé... es decir, sé cómo lo llaman las gentes en el mundo: lo que ignoro es por qué lo siento ahora y no lo sentía antes; por qué bastó una palabra casual para que del encuentro de dos miradas que tantas veces se habían encontrado sin conmoverse, se produjera en mí cambio tan raro y pronto.

—¡Y eso te asombra, Pablo?

—¡No ha de asombrarme?

—Oye un ejemplo. Sobre un hogar frío hay un montón de ceniza: pasas delante de él una y cien veces, y nada ves allí que la atención te llame. De pronto, hace la casualidad que las cenizas se remuevan, y aparece el fuego que ocultaban... ¿Lo entiendes?

—¿Luego tú crees que yo llevaba conmigo el fuego, y que la palabra de tu padre aventó las cenizas que le cubrían?

—Eso mismo.

—Pero el que brilló después en tus ojos, ¿dónde estuvo primero?

—¡Qué más te da, si le había?