—Pero no te sorprende el hallazgo.
—Porque tenía que suceder... porque le esperaba.
—Y ¿por qué le esperabas?
—Porque... porque Dios es justo y bueno.
—Mira—dijo aquí el mozo, echando el resto,—hablemos ya para entendernos de una vez: esto que yo siento, es amor, no tiene duda; y empiezo á comprender que es verdad lo que de él cuentan los enamorados: bien correspondido, da la vida; pero también es puñal que mata si no halla esa correspondencia... ¿Siéntesla tú en el pecho, Ana?
Cruda fué la pregunta, y harto excusada, por cierto; pero ya se habrá notado que á Pablo le gustaba mucho que le pusieran los puntos sobre las ii, y Ana no tuvo otro remedio que responder clara, precisa y terminantemente, según el sentir de su corazón; sentir tan viejo en ella, por las trazas, como las ya fenecidas indiferencias de Pablo; con lo que éste se encalabrinó hasta el punto de que quiso hacer público el suceso y llevar las tramitaciones por la posta.
—No tanto, Pablo—díjole Ana entre chanzas y veras,—que no por andar de prisa se llega primero. Nadie nos corre ahora; y no te vendrá mal un noviciado, aunque sea breve. No siempre se logra el fuego de que antes hablábamos: muchas veces se muere á poco de haberse descubierto. Cuida mucho el tuyo; y cuando estemos seguros de que no ha de apagarse, yo te avisaré. Reparte el tiempo entre ese cuidado y tus quehaceres y diversiones, lícitas, se entiende; mucho juicio... y apártate allá ahora y haz que te paseas, que llega tu padrino.
Desde aquel día ya supo á qué atenerse Pablo; penetró en los laberintos que le obstruían la senda, y halló la luz que echaba de menos; y sin descender con la fantasía del Olimpo á que le habían elevado sus nuevas impresiones, volvió á ser en Cumbrales el amigo de Nisco, el jugador de bolos, el cultivador del cierro, el amante incansable de la naturaleza y de las costumbres de su país... todo, menos el concurrente á zambras y bureos, como alguna vez lo fué, según nos dijo su padrino, en ocasión bien señalada para esta parejita de nuestros personajes. Es decir, que la pasión de Pablo dejó de ser impetuoso torrente, é iba transformándose en manso, rumoroso y cristalino arroyo (como dicen los poetas), con harto gusto y complacencia de Ana, que fundaba en el amor firme y arraigado de aquel noble mancebo todas las aspiraciones de su vida.