—¡Ya se ve que no la he hecho!

—¿Estás muy seguro de ello, Nisco?

—No recuerdo haberla ofendido á usté.

—¡Otra, bobo!... si no se habla de mí. Si de mí se hablara, igual fuera una de más que de menos. Me han hecho tantas, que ya no reparo. Pero bien pudieras habérsela hecho á otros.

—¡Á naide!

—¿Ni siquiera á Catalina, santuco de Dios?

—¡Dale otra más!... ¡Mire usté que es tema, puño!—dijo Nisco machacándose con los suyos cerrados las caderas.—Y á usté ¿qué le importa? y por último, usté ¿qué sabe?

—¿Pues no he de saberlo? ¿No ves que soy bruja, tocho?... El que me importe ó no, ya es distinto, y sobre esto no reñiríamos en ningún caso; pero te importa á tí, y, porque te importa, te voy á contar un cuento.

Nisco no sabía á qué santo encomendarse en aquel trance, ni sobre qué pie echar el cuerpo para descansar mejor, en el desasosiego que le consumía. Para cortar por lo sano, trató de largarse; pero la vieja se le atravesó delante, y, á mayor abundamiento, le agarró por las solapas de la chaqueta y le dijo muy seria:

—¡Escúchame... ó te muerdo!