Tembló Nisco al oir aquella amenaza en tal boca, y respondió, resignándose á la fuerza:
—¡Pero acabe pronto!
—En dos palabras te despacho—dijo sonriéndose la vieja; y añadió en seguida:—Amigo de Dios, éste era un mozo soltero, con pocos bienes de fortuna, pero amañado y trabajador que pasmaba. Pasábase lo más del día en el monte cortando varas de avellano para hacer en su casa zonchos y adrales, que vendía en ferias y mercados; trabajaba además un poco de tierra prestada, y tenía una vacuca en aparcería. Así iba tirando el hombre de Dios, con los calzones remendados y no muy llena la barriga, pero en buena salud y muy contento, porque no había conocido cosa mejor. Pues, señor, que estando un día en el monte y en lo más espeso de él, porque en lo más espeso se jallan siempre los buenos avellanos, corta esta vara y corta la otra, cátate que oye tocar el bígaru[3] ajunto á sí mesmo, y de un modo que gloria de Dios daba el oirle. Y oyendo tocar el bígaru tan cerca, y no viendo por allí pastor que pudiera hacerlo, fuése detrás del son; y yéndose detrás del son, apartaba las malezas; y apartando y apartando, llegó á un campuco muy majo, donde vió el bígaru solo arrimado á una topera grande y sonando sin parar. Pues, señor, qué será, qué no será, acercóse á la topera, y vió que en el borde mesmo de ella y con las patucas metías en el ujero, estaba sentao un enanuco, menor que este puño cerrao, y que este enanuco era el que tocaba el bígaru. Viendo el enanuco al mozo, deja de tocar y dícele:—«¿Qué hay, buen amigo?—Pues aquí vengo,» respondió el otro, «por saber quién tocaba tan finamente; pero si es que estorbo, me volveré por donde vine.» Á lo que volvió á decirle el enanuco:—«¡Qué estorbar ni qué ocho cuartos, hombre!... sépaste que para que tú vinieras he tocado yo.» Pues, amigo de Dios, que en éstas y otras, métense en conversación el enanuco y el mozo, y cuéntale el mozo al enanuco todos los trabajos de su vida. Y contándole todos los trabajos de su vida, dícele el enanuco al mozo:—«Pues, amigo, de todo eso era yo sabedor y noticioso; y porque lo era, te llamé para preguntarte qué deseas en premio de tu hombría de bien.» Á lo que respondió el mozo:—«Con que fuera mío lo que á renta y en aparcería llevo, y dos tantos más para vivir sin esta fatiga del monte, que es la que me quebranta, creyérame el más rico del lugar y no envidiara al rey de las Indias.—Pues tendrás lo que deseas, si eso te basta,» dijo el enanuco. Y volvió á responder el mozo:—«Me basta, y hasta me sobra, si bien se mira, lo que hasta hoy he tenido y el mal uso que haría de cosa mejor, por desconocerla.» Con que, amigo de Dios, cátate que le dice en esto el enanuco:—«Coge de esta tierra que ves junto á mí, y échatela en el pañuelo.» Asombróse el mozo, porque pensó que el enanuco se burlaba de él, y tornó á decirle el enanuco:—«Cógelo, hombre, sin recelo, que de ello tengo yo llenos los mis palacios, á los que se va por este ujero en que estoy.» Por si era ó por si no era, el hombre sacó del seno el moquero, y echó en él una buena mozá de aquella tierra, y añudó luégo los picos. Y díjole entonces el enanuco:—«Ahora, vete á casa, y cuando te acuestes, pon debajo de la almohada esa tierra, según está en el pañuelo. Al despertarte mañana, verás si te he engañado.» Pues, señor, que lo hizo como se lo mandaron; y ¡quién te dice á tí que, al despertar al otro día con el sol, abre el pañuelo, y ve que la tierra se ha convertido en ochentines y onzas de oro!... ¡más de mil había entre unos y otras! Como que el pobre zonchero pensó enloquecer de alegría. Pues, señor, que, entrando en su quicio poco á poco el mozo, empezó á echar sus cuentas: tantos carros de tierra así; tantos asao; tantas reses de esta clase; tantas de la otra; el carro de tal modo; la casa de cuál otro... Y cátale en poco tiempo con unas labranzas de lo mejor y unos ganados que tenían que ver; bien comido y bien trajeado, y con buenas onzas sobrantes al pico del arca; motivao á lo que las mejores mozas le persiguieron, echándole memoriales con los ojos. Y bien lo merecía, que, no por ser buen mozo y rico, dejaba de ser trabajador y honrado, como cuando era pobre. Pero, amigo de Dios, cátate que un día se le antoja ver un poco de mundo, cosa que jamás había visto, y plántase en la ciudad, de golpe y porrazo. ¡Él que allí se ve entre tanta gala y señorío!... ¡Madre de Dios!... ¡Aquéllas sí que eran mozas, con sus vestidos de seda y sus abanicos y sus lazos de crespón y sus caras de rosa de mayo! ¡Aquéllos sí que eran mozos, con sus casacas de paño fino, sus borlajes de oro y sus botas relucientes! ¡Y qué vida la suya! Éste á caballo, aquél en coche; el otro de brazalete con la señora; paseo abajo, paseo arriba; comedia aquí, valseo allá; buena mesa, muchos sirvientes y gran palacio... vamos, que vivir así y vivir en la gloria, pata. De modo y manera, que volvió el mozo á su pueblo pensando ser la criatura más desgraciada del mundo. Volviendo así á su pueblo, cogió duda á la borona, dió en aborrecer el trabajo, y los días enteros se pasaba pensando en aquello que había visto y en ser un caballero de los más regalones; y pensando de esta manera, quería una dama por mujer, y no había que mentarle las mozas de su lugar, que todas le parecían poco para un personaje como él. Pues, amigo de Dios, que abandonó las labranzas por entero, y tuvo que comer de lo agorrao, mientras le andaba cierta idea en el majín, que no se atrevía á poner por obra; pero cátate que no tuvo otro remedio que ponerla, porque lo agorrao iba á acabarse, y él no estaba por volver á trabajar las tierras que tenía en abandono. Un día unció los bueyes al carro, puso en él media docena de sacos vacíos, y arreó hacia el monte; y arreando hacia el monte, llegó al sitio que buscaba; y llegando á aquel sitio, oyó sonar el caracol del enanuco; y oyéndole sonar, se acerca al enanuco y le dice:—«Hola, buen amigo: pues yo venía á darle á usté las gracias por el favor que me hizo tiempo atrás, y á pedirle otro nuevo, si no ofende.—¡Qué ha de ofender, hombre!» respondió el enanuco. «En siendo cosa que yo pueda, pide con libertad.» Alegrósele el corazón al mozo, y tornó á decir al enanuco:—«Pues yo deseara llenar estos sacos que traigo aquí, de la misma tierra que usté me dió la otra vez.—Todo este campo es de ella,» respondió el enanuco; «con que así, cava donde quieras y llénalos á tu gusto. No te olvides de ponerlos esta noche cerca de la cama para abrirlos en cuanto despiertes al amanecer.» Y con esto, metióse el enanuco por el ujero á los sus palacios; con lo cual quedóse solo el mozo; y cava, cava, en un periquete llenó de tierra los sacos, y se volvió á casa con ellos más contento que unas pascuas. Llegó la noche, acostóse, durmió poco con la brega que traía en el majín, y al amanecer ya estaba el mozo más listo que las liebres; y estando más listo que las liebres, pensaba en abrir un pozo muy hondo para guardar tantas onzas como iban á salir de aquellos sacos; y pensando en esto, los abrió; y abriéndolos... ¡hijo de mi alma!... no encontró en ellos más que la tierra que había cavao en el monte. Quedóse en la agonía el pobre hombre; y quedándose así, llegó á consolarse cavilando que, mirando bien las cosas, con lo que ya tenía de antes le bastaba; y cavilando esto, fué al cajón donde guardaba las pocas monedas sobrantes... ¡y tierra eran también como la de los sacos!... ¡y tierra los papeles de sus compras! Fué á la cuadra... ¡y montones de tierra los bueyes!... ¡y montones de tierra el ganado que pagó con el dinero del enanuco! No quedaba allí otra bestia que la vaca en aparcería. Reparó entonces en la casa, y vió que era la misma en que él vivía cuando era pobre zonchero: á la puerta había un coloño de varas y unos adrales á medio hacer. Gimió y golpeóse, el venturao; y al monte fué á contar su desgracia al enanuco; pero el enanuco le dijo:—«Eso que te pasa, no puedo remediarlo yo: quien por mi mano te dió la riqueza que has menospreciado, te dice ahora por mis labios que la miseria en que vuelves á verte es el castigo que da Dios á los cubiciosos que quieren pasar de un salto, y sin merecerlo, de zoncheros bien acomodados, á caballeros poderosos.» Y colorín colorao... ¿Qué te paece del cuento, Nisco?
—Pues no me paece cosa mayor—respondió Nisco, que había estado escuchándole con la boca abierta.—Pero, valga ó no valga, ¿por qué me le cuenta usté aquí?
—Cuéntotelo aquí, porque, como dijo el otro, aquí te cojo y aquí te mato; y cuéntotele también, por si conociste tú al zonchero, ú á persona que se le ameje siquiera en los humos de la chimenea.
—¡Yo no conozco ni he conocido á naide de esas señas!
—Pues yo sí, Nisco. Yo conozco á uno, amejao al zonchero en las infladuras de la vanidá; un mozo que, por tener de todo, tuvo una novia como unas perlas, que por él se moría y por él se muere.
—¡Bah, bah!—dijo aquí Nisco clavándose en la alusión de la vieja.—¡No me venga con coplas!
—No son coplas éstas—replicó la Rámila impertérrita:—son verdades como puños, que te importan más que á mí. Hace ya mucho que andas caminando hacia el monte con los sacos vacíos en el carro; y te salgo al encuentro para decirte que te vuelvas, porque sé lo que te aguarda si los llenas como el zonchero. Aquellos tesoros no son para tí, probe tonto, que guardados están para quien mejor los merece. Buenos los tienes en tu casa; vuélvete á cuidarlos, que tierra será para tí el mejor de todos ellos, si la cubicia llega á descubrírsete como al otro. Yo sé que hoy te quiere Catalina más que antes te quiso; pero también sé que no te querrá así el día en que tú seas la rechifla de Cumbrales. Y ahora vete con Dios y perdona el poste; pero no olvides el cuento de El zonchero cubicioso, que has de agradecérmelo.
Con lo que la Rámila se entró en la corralada de don Pedro Mortera, y Nisco tomó el camino de su casa, mustio y contrariado... y voy á lo que decíamos de los elementos conjurados contra los planes de este mozo: no bien abocó al estragal, encaróse con él Juanguirle, que iba á salir á picar leña en la accesoria, y le echó un trepe que ardía. En conclusión le dijo: