—¡Por vida del chápiro verde, que no sé qué te hiciera para quitarte ese hipo de monja en viernes!... Pues mira que si con guantadas se curara, ya tenías un par de ellas encima. ¡Dígote con los hombres de ahora, voto á briosbaco y balillo! Si tienes un pesar, dile ó revienta... Si son chapucerías de desjuiciado, acuérdate de que eres hijo de un hombre de bien. El demonio me lleve si yo sabía la menor cosa hasta que tu madre me lo dijo esta tarde, por haberlo aprendido ella en el río. Contábate, como yo, con los cinco sentidos puestos en la muchacha, que, en ley de verdá, vale más que tú; cuando salimos con que... ¡por vida del chápiro verde! resulta que no hay nada de lo dicho, porque el fachendoso del hijo mío hace una eternidá que volvió las espaldas. El porqué, tú lo sabrás: yo no le sé ni le sabe tu madre; y en la muchacha no consiste, que así lo juró cuando tu madre topó con ella al volver de lavar y la habló del caso, porque debía hacerlo. De nada te acusa más que de ausencia; por leal se afirma, y con llorar se venga. Esto la ensalza, si juró verdá, y á tí te honra poco, Nisco... y á mí no mucho, que tu padre soy. Si el serlo te encoge para hablar conmigo de esos particulares, no se los calles á tu madre cuando venga de la mies y te busque la lengua... porque ha de buscártela y con mucha razón. Lo que yo te digo es que, inocente ó culpado, vuelvas á tus cabales y cumplas con tu deber, que no tienes rentas para hacer vida de señor manido entre cristales... ¡Y en qué tiempo, voto al chápiro! cuando asoma la cogedera y más brazos se necesitan en casa, y cuando me veo con una zancadilla á cada vuelta que doy en el Ayuntamiento. Porque has de saberte que hasta de las locuras de don Valentín se quiere sacar partido por la gente que allí me han puesto para que tu padre caiga en la trampa, ya que no quiere cerrar los ojos á sus fechorías... porque aquello, hablando en claridá, es una ladronera consentida... Pero ¡voto á briosbaco y balillo! ¡yo les juro que á la sombra mía no las han de urdir allí mientras tu padre sea alcalde!
Y se fué á su quehacer el bueno de Juanguirle, de muy mal humor, cosa que le acontecía rarísimas veces en la vida. Pero Nisco era testarudo; y por más que el mundo entero pareciera empeñado en meterle por los ojos lo que sus ojos no querían ver, lo que tenía entre cejas allí había de estarse mientras no se lo arrancara quien allí se lo había puesto.
XVI
UNA DESHOJA
Con la secura, que no cesaba por seguir el tiempo al Sur, las mieses se pusieron hechas una bendición de Dios, y en la última semana de octubre no quedaba una caña de alubias sin pelar en las heredades, y las panojas, bien granadas y bien secas, iban á desprenderse ellas solas de los maíces, si muy pronto no las amontonaban sus dueños en el desván. Pero ¡con poco mimo las observaban éstos uno y otro día, para dejarlas expuestas á la voracidad de los cuervos, ó á los riesgos del temporal que podía presentarse á la hora menos pensada! ¡El fruto de tantas fatigas, el pan de todo el año!
Aún no había espirado el mes, cuando comenzaron á invadir la vega, por todas sus portillas, carros con altos adrales; y cada familia en su heredad, pela aquí, pela allí; panojas al garrote y garrotados de panojas á los carros; de vez en cuando, sube que sube los adrales, según iban llenándose las teleras; después, los calabazos encima de las panojas y en el payuelo de la pértiga, y hala para casa, á campo travieso, primero, tirando los bueyes dentelladas furtivas al retoño ajeno; y después, por la cambera, canta que canta el eje, untado con tocino; y ya en el portal el carro, allá va la carga de panojas arrastrada con las trentes sobre los garrotes, tan pronto llenos como subidos al desván, al hombro del mocetón ó sobre la cabeza de su hermana: en una pila el maíz, y aparte los calabazos; de éstos, los duros y berrugones á un lado, para la olla; y á otro, los blandos y aguachones, para los cerdos.