Nisco respondió, con la risa del conejo:
—Se está uno aquí, porque le da la gana, que estar se sabe en lugar más alto cuando al caso viene.
—Y porque no mientes ahora—replicó Catalina,—dije yo lo dicho... ¡no faltaba más! Basta mirarte, hijo, sin saber lo que se sabe, para ver que este puesto no es el tuyo. La probeza aquí, como San Pedro en Roma; pero la gente fina, como tú, á la sala con los señores.
—¡No sería la primera vez!
—¡Ya se ve que no!... ¡Y como que á la presente te estarán echando de menos! Tonto serás, Nisco, en perder la ganga por este cumplido que naide te agradece.
—¡Cada uno á su hacienda, Catalina!
—Vamos, que con lo grandona que va á ser la que te espera, no te vendrá mal un mayordomo... ¡Vaya que fué estrella la tuya, hombre!
—¡No escomencemos!
—¡El diantre tiene cara de condenao!... ¡Mira que tendrás que ver, del brazalete de una señora tan pudiente y tan fina, coleando la casaca por esas callejas!... Oiréis la misa ajunto el altar mayor... ¡Jesús y los santos del cielo no me falten en mis últimas!... Otra lotería como ella nunca cayó en Cumbrales.
Amoscóse más Nisco, y respondió á esta burla: