—¡Te digo que no escomencemos... y que no traigas en boca á quien de tí no se alcuerda!...

—¡Ni de tí tampoco, fanfarrias!—saltó Catalina con reconcentrado veneno, aunque bien disfrazado con sonrisas falsas para que los circunstantes no le conocieran.—Como no comas otro pan que el que por ahí te venga, buenas tripas vas á echar hogaño. Toma surbia con solimán de lo fino, y maja terrones por recreo, que eso es regalo para un descastao y fachendoso baldragas como tú... ¿No te dije yo que cuanto más subieras mayor sería la costalada? Pues ya te la estás arrascando días acá... Aunque piensas que no miro, bien te veo con el moco lacio, contando los morrillos de las callejas. ¿Diéronte portazo? ¡Bien lo merecías! ¡Toma estudios ahora y date vientos de señorío, mondregote, que más arriba está quien manda, para hacer josticia seca!

Nisco recibió todo este metrallazo á la oreja, sin poder contestarle á su gusto, porque la ira le cegaba ya y temía dejarse arrastrar de ella en aquel sitio. Dominóse como pudo, y remató el altercado amenazando á Catalina con un desaire en público, si no enfrenaba la lengua. Temió la moza y callóse... por entonces, porque su boca fué un alfiler para Nisco mientras duró la bulla en el desván.

Y aconteció también que, como la una y el otro siempre que hablaban se sonreían, aunque de muy mala gana, Chiscón, que no los perdía de vista un instante, tomó al pie de la letra aquel falso regocijo; creyóle señal de una reconciliación, y vió, por ende, su pleito en riesgo grave. Así lo entendió también el Sevillano; por lo que se brindó de nuevo á despachar el estorbo, si al de Rinconeda le convenía este atajo para llegar más pronto al fin de su jornada.

—Me dió á mí ya que cavilar—dijo Chiscón,—lo que pasó al respetive del sitio. Con ella vine, á mi vera estaba aquí, presentóse allá él; y cuando pensé que me sentaba arrimado á ella, ya la ví onde la ves ahora. Pues la puerta me abrió; que no, nunca me dijo... pero esto no lo entiendo.

—¡Zi no hubiera tú largao tanta zoga!...—replicóle el Sevillano.

—Verdá es—dijo el otro,—que por ansia de asegurarla mucho, bien puede haberse escapao la ocasión. Eso ha de verse luégo; que tal está el particular, que no deja más espera.

Era Chiscón hombre poco palabrero en cosas que le llegaban á lo vivo; y después de decir esto, no quiso que allí se hablara más del asunto; pero continuó viendo y observando.

Cuando cesó lo más recio de la bulla, porque los gaznates se cansaron de gritar, comenzaron los dichos y los relatos á entretener á la gente. Se apuntó algo sobre si entraría ó no entraría el facioso en Cumbrales; pero la mitad de los oyentes no creían en la existencia de él, y la otra mitad daba el riesgo por fraguado en la imaginación del ocioso don Valentín; por la cual este asunto dió poco entretenimiento. Pero salió á relucir la tribulación de Tablucas, ¡y esta materia sí que absorbió los sesos á la gente!

Por lo que allí se dijo, desde que nosotros vimos á Tablucas en la taberna de Resquemín, el asunto del perro no había mejorado un punto, si es que no andaba peor: los mismos garrotazos á la puerta en anocheciendo, y el propio animal en el murio en cuanto alumbraba la luna; la viuda asegurando que nada oía ni veía de ello á tales horas; la familia embrujada llenando de cruces puertas y ventanas de día, y tiritando de miedo por la noche; algunos vecinos de la barriada encerrándose en casa al ponerse el sol, por si acaso; muchos otros del lugar, recelosos de todo perro desconocido, y, lo que más importaba, el pobre Tablucas sin hora de sosiego para trabajar la herencia que traía entre manos, y dar en el quid de una dificultad que no podía vencer en la máquina que imaginaba para pinchar lumiacos.