Uno de la deshoja aseguró que, pasando una noche á su casa por delante de la de Tablucas, oyó los tamborilazos; que, mirando por una rendija de la portalada, creyó ver una persona que se metió corriendo en casa de la viuda; pero que de perro en el murio, no vió pizca. Un viejo que esto oyó, dijo mal de aquella mujer, y mezcló en los supuestos al hijo de don Valentín.

—¡Jos!—exclamó otro de los oyentes,—eso, ya pa con tocino, tío Pamplingue... Por ahí no va el agua de los tamborilazos.

—No vos diré que vaya—repuso el viejo.—Dicho es que vos dije por lo que dicen; que yo, ni entro ni salgo. Porque tamién se dijo si en cá de Tablucas se fisgoneaba mucho lo que pasaba en cá de la su vecina; y bien pudieran, á modo de escarmiento, y pa cerrar los ojos á éste y al otro... Pero tocante á lo del murio, ¡eso pasma de too!

Sobre lo del murio, no faltó quien dijo que podría consistir (según parecer del señor cura) en unos cantos gordos que había á medio caer en el lomo del paredón; los cuales cantos, vistos desde casa de Tablucas y alumbrados por la luna, á poco que el miedo hiciera de por sí, bien pudieran parecerse á un perro muy grande. Respondióse á esto que el tal perro se veía á unas horas y á otras no; á lo que replicó el sustentante (también por boca ajena) que eso consistía en que la luna no siempre alumbraba por el mismo lado, y que «según era el punto de alumbre, así resultaba la fegura.»

Se desechó este supuesto y cuantos se apuntaron allí fundados en lo hacedero, y acomodables á las leyes del sentido común; y cátate, pío lector, con éstas y con otras tales, á la pobre tía Rámila sobre el tapete. Ya para entonces había descendido la montaña de panojas lo suficiente para que todos los deshojadores pudieran verse las caras, aunque algo turbias y de lejos; y una sola conversación entretenía á todos los circunstantes, esforzándose mucho la voz. ¡Horrores se contaron allí de la bruja! Apenas hubo persona en el desván que no la debiera algún agravio y que no la hubiera visto, en tal ó cual forma extraña, después de cometida la fechoría; y unánime estuvo la gente aquélla en declarar que era punto menos que herejía el mimo con que se la trataba en casa de don Pedro Mortera (aquí se bajó mucho la voz), donde se le daba entrada franca, y tentar á Dios manosearla como la manoseaba la señorita María, que tanta hermosura tenía que perder. Hablóse después de otras brujas, y de las maldades de las brujas, y de todos los remedios conocidos contra todas las brujas del mundo, y se fué á parar, por fin y remate, á que lo de los tamborilazos á la puerta de Tablucas, y lo del perro del murio contiguo á su corral, era obra de la Rámila... porque no podía ser otra cosa.

En esto, ladró el mastín de don Pedro Mortera en la garita de la corralada, y, casi al misma tiempo, se oyó en el desván un grito de espanto:

—¡Ayyy!

Y un segundo después:

—¡Ahí... le tenéis! ¡Que vos come!

Estos gritos los daba el Sevillano. El primero se le escapó del pecho porque, desde que tanto se hablaba en Cumbrales de lo del murio, le levantaba en vilo el inesperado latir de los perros. El segundo le dió para borrar el mal color del otro; y como todo se concebía en aquel valiente menos el miedo, celebróse la ocurrencia por los circunstantes (saturados de relatos y comentos de brujas en figura de canes) después de haberse estremecido de horror, aunque no tanto como el Sevillano que, del primer respingo, se alzó dos jemes sobre la greña de Chiscón, el cual, puesto de pie, le sacaba un palmo.