No pasó de aquí el incidente, porque, deshojada la última panoja de la pila, y siendo á la sazón muy corrida la media noche, subieron, detrás de Pablo, los sirvientes de la casa con sendos garrotes repletos de castañas cocidas, humeando todavía, más una gran botija, capaz de seis azumbres, llena de aguardiente. Repartió Pablo las castañas con una caldereta, y tres veces anduvo la rueda sin un tropiezo. No así el que escanciaba el aguardiente, puesto que halló uno en cada moza soltera, sabe Dios si por aborrecerlo todas; con lo que tocó á más á las casadas y á los hombres, pues no quedó gota en la botija.

Y vuelta entonces á los cantares, mientras comenzaba el desfile; cantares alusivos á todos y cada uno de los señores de la casa, presentes junto al arranque de la escalera del desván, pagando, aunque soñolientos y decaídos, con sonrisas y ademanes, pues las palabras no se hubieran oído, los saludos de la gente que se marchaba con estruendo y temblor de todo el edificio.

¡Y en el corral cantares, y en la calleja relinchos y más cantares!

Nisco salió solo; Catalina, con la gente de su barriada; y como en todas ellas se armó ruido, alborotáronse los perros que, aun sin que nadie los hurgue, no cierran boca en toda la noche; muchos valientes volvieron á pensar en lo del murio, y el Sevillano se agarró de Chiscón y no le soltó hasta la puerta de su casa, pues todo aquel trayecto hubo de necesitar, por las trazas, para convencerle de que no debía de acompañar en público á Catalina, después de lo visto, hasta hablar con ella en debida forma.

Cuando el de Rinconeda tomó por la vega el camino de su lugar, solo y casi á tientas, porque no había luna aquella noche, aún llegaban á sus oídos los moribundos ecos de alguna balada, el cansado latir de los perros alborotados, y hasta el alegre cantar de más de un gallo madrugador.

Chiscón entonces soltó un relincho que repitieron todos los ecos de la vega; y ningún otro ruido turbó ya la negra soledad de su camino, sino el triste, lento y remoto gemir del cárabo en el monte, y el bufar de una lechuza que pasó volando hacia el campanario de Cumbrales.


XVII