LA DERROTA

El domingo siguiente, después de misa, hubo en el local de la escuela, debajo de la sala consistorial, una concejada como no se había visto en todo el año. Sabíase de qué se iba á tratar en el concejo de aquel día, y faltaron contadísimos vecinos. Don Valentín llegó de los primeros, apenas se oyó el tran, tran, tran de las campanas. Juanguirle, rodeado de sus concejales, ocupó la presidencia en el sitial del maestro; manifestó el objeto de la reunión, y hasta aventuró un discursillo encareciendo las ventajas de las derrotas, mientras las gentes, como sucedía en Cumbrales, no supieran dar á las mieses destino mejor, desde noviembre á marzo; invocó, en apoyo de su parecer, la ley de la costumbre, tan vieja allí como el mundo (pues no había prueba de lo contrario), y sometió el caso al acuerdo, que había de ser unánime, de sus administrados, para dar así debido cumplimiento á lo mandado «arriba.»

El discurso alcanzó la aprobación del concejo, exceptuando á don Valentín, que se levantó airado de su asiento para llorar los males de la patria y los peligros de la libertad. Puso todo este lacrimoso cuadro enfrente de la criminal indolencia de sus convecinos, «amenazados día y noche por el azote afrentoso del perjuro,» y concluyó diciendo:

Do ut des. ¿Queréis derrota? Dadme ayuda; prestadme recursos para rechazar la invasión del déspota ó morir con gloria en la batalla. Á este precio tendréis mi voto, sin el cual no se pueden abrir las mieses de Cumbrales.

Tomóse esta actitud de don Valentín en muy diversos sentidos. Quién la aplaudía entre burlas y cháchara; quién, menos paciente, denostaba al veterano y al concejo que hacía caso de semejantes chapucerías. Los que así se expresaban eran los más; y ya el debate iba tomando mal aspecto para don Valentín, cuando Juanguirle, haciendo valer su autoridad, restableció el orden y el silencio, y dijo así:

—No hay que acelerarse, ¡voto al chápiro verde! ni sacar las cosas de su quicio natural, para entenderse las personas. El señor don Valentín se queja del poco aprecio que aquí se hace de esos amenículos de política que le quitan á él el sueño de un tiempo acá; pero hay sus más y sus menos respetive al caso, y se tocará el punto en su día, con su cuenta y razón de pulso y patriotismo. Lo que ahora importa y aquí nos reúne, es lo de la derrota; y sobre este particular, estamos, gracias á Dios, en la mejor conformidad todos los presentes.

—¡Menos yo!—gritó don Valentín.

—Así se ha entendido aquí, ¿no es cierto?—dijo el alcalde, paseando una mirada maliciosa por todo el concejo.

—¡Cierto!—respondió éste á una voz.