—¡Repito que no!—volvió á gritar don Valentín, estrujando entre sus manos el enfundado sombrero.—¡Yo me opongo á que se abran las mieses este año!
—En vista de tal conformidad—dijo el impasible alcalde,—se acuerda la derrota y se levanta la sesión.
—¡Protesto contra esta infracción de la ley! —vociferaba el veterano.—¡Invoco mis derechos de vecino libre... de ciudadano español! ¡Viva la libertad!... ¡Exijo que mi protesta conste en el acta para acudir en queja á donde se me oiga!
¡Como si callara! La algarabía de la desordenada muchedumbre ahogó su voz temblorosa y descompuesta; y, á mayor abundamiento, las campanas comenzaron á tocar á derrota.
Aún no había cesado la sonata en el campanario, cuando se oyó otra más recia y atronadora en todas las callejas del lugar: mezcla de bramidos, cencerradas, silbidos y jujeos. Nadie había soltado aquella mañana sus ganados, en espera del acuerdo concejil que las campanas publicaban ya con sus sonoras lenguas por todos los ámbitos de Cumbrales.
Desaparecieron como por encanto los portillos y seturas de las mieses; y cada una de las brechas resultantes fué vomitando en la vega el ganado á borbotones, en abigarrada y pintoresca mezcla de especies, sexos, edades y tamaños: la mansa oveja y el retozón becerro; la cabra arisca y el perezoso buey; la dócil burra y la gentil novilla; la sosegada vaca, el inquieto potro de recría y el toro rozagante. Tras el ganado y por el lado de la Cajigona, que vuelve á ser nuestro observatorio, apareció la gente que lo había conducido, y mucha más que se le fué agregando; pero la parte juiciosa de ella no pasó de los bordes de la meseta. Los muchachos, armados de sendos palos, terminados en gruesa y curva cachiporra, se lanzaron mies abajo, silbando al vacuno, apaleando á las burras, ladrando á las ovejas y espantando á los potros con gritos y aspavientos. Pero no era necesaria tan ruidosa excitación para que las inofensivas bestias dieran al traste con la formalidad; pues no bien sus pezuñas hollaron el blando suelo de la mies, toda la extensión de la vega les pareció poco para campo de su regocijo.
¡Válgame Dios, qué triscar el suyo y dar corcovos y sacudir el rabo! ¡Qué mugir los unos, y relinchar los otros, y balar aquestos, y rebuznar por allí, y bramar por el otro lado! ¡Qué embestir los chicos á los grandes, y hacerse éstos los temerosos y los débiles por chanza y pasatiempo! ¡Qué revolcarse los burros, y galopar los potros sin punto de sosiego, como si el lobo los persiguiera! ¡Qué derramarse por la cuesta abajo el compacto rebaño, y entrar en la cañada, largo, angosto y serpeante, verdadero río de lana tomando la forma de su lecho! ¡Qué gallardearse á lo mejor el becerrillo negro con humos de toro, junto á la apuesta novilla, y escarbar el suelo, y bajar la cabeza, y mirar en derredor con fiera vista, y hacer la rosca con el rabo, sin qué ni para qué, puesto que ningún rival le disputaba el campo! ¡Qué perder el tiempo en estos alardes que no eran agradecidos ni siquiera observados! Hasta el manso y trabajado buey olvidaba su esclava condición, sus años y sus fatigas, para tomar parte en el general holgorio con tal cual amago de corcovo mal hecho y aun ciertos asomos de galanteo á la vaca de su vecino.
Á todo esto, ni pensar en pacer seria y formalmente. Se tiraba un bocado al fresco retoño de la hondonada, pasando de largo; y otro, más lejos, á la paulina de la heredad; y luégo otro, de refilón, al verde de una regatada; y así se andaba y se probaba todo sin fijarse en nada, creyendo acaso que lo desconocido era más sabroso que lo ya probado. Faltaba el tiempo para recorrer la blanda y fragante alfombra de la vega; y el loco y desacorde vocerío y el sonar incesante de esquilas y cencerros, enardecía las bestias y túvolas sin juicio ni sosiego cerca de una hora.
Calmados los ímpetus poco á poco, los sesudos bueyes humillaron la cabeza sobre el elegido terreno para pacer de veras y á qué quieres estómago; trocóse en manso lago, sobre este prado ó aquella heredad, cada rebaño que antes fué torrente de ovejas; enderezóse el burro, harto de revolcarse, y sin sacudirse la basura, ahogó los últimos suspiros, roncos y desconcertados, entre cogollos de helechos arrancados á la sombra de una mimbrera terminal; los potros, dejando de correr, cruzaron de dos en dos los enjutos cuellos, se espulgaron á dentelladas y por largo rato... y todo movimiento fué cesando en la vega, hasta que no se oyó en ella otro ruido que el sonoro y acompasado de las esquilas y los cencerrillos de las bestias, que los movían al pacer blanda y sosegadamente.
Entonces se retiró á paso lento, con los brazos cruzados y la pipa en la boca, el último de los espectadores que habían contemplado el descrito cuadro desde lo alto de la meseta por el lado de la Cajigona, seguro de que, al anochecer, su ganado, sin otro conductor que el natural instinto, estaría á pie firme y rumiando á la puerta del establo ó á la del corral, esperando á que se la abrieran.