En tanto, los muchachos dispersos por la vega fueron reuniéndose en pandillas; una de las cuales, la más numerosa y apta para el lance de que se trataba, se posesionó de la vasta y limpia pradera que comenzaba pocas varas abajo de la Cajigona.
Pasaban de veinte los muchachos, cada cual con su cachurra (el palo de que antes se habló); todos descalzos, los más de ellos en mangas de camisa, y no eran los menos los que llevaban al aire la cabeza, trasquilada de medio atrás hasta el pescuezo. Á esta sección pertenecían, como cabos de ella, Birriagas, largo, chupado y pálido, muy reñidor y no cobarde; Cabra, incomparable salteador de huertas y robador de manzanas; tan ducho y hábil, que distinguía de noche, y sin catarlas, las carretonas de las piqueras; Bodoques, corto de resuello y gordo, pero fuerte; seco de palabra y de muy respetado consejo; Lergato (lagarto), sutil y marrullero para escaparse sin una desolladura de donde sus camaradas dejaban tiras del pellejo; Lambieta, goloso y desdentado; y, por último, Cerojas, así llamado por dos lobanillos negros que tenía en la cara y comenzaron á asomarle poco tiempo después de haberse dado una panzada de las llamadas bruneras, en el huerto de Asaduras.
Tratábase de un desafío á la cachurra, ó á la brilla, como también se dice; juego que se inaugura y cesa con las derrotas, porque sólo en las praderas de la mies puede jugarse, y vociferaban y se revolvían los muchachos de la pandilla sobre quién debía de arrimarse á quién para equilibrar con el posible acierto las fuerzas beligerantes. Hízose al cabo lo que propuso Bodoques, y quedó la tropa dividida en dos bandos, figurando en el uno Birriagas, Lergato y Cabra, y en el opuesto Bodoques, Cerojas y Lambieta, con sus respectivos soldados de fila. Se echaron pajucas entre Bodoques y Cabra, y tocóle la mano al primero; el cual, como tonto, eligió para brillar la cabecera alta del prado en que se hallaba la patulea.
Sacó luégo del bolsillo una bola de madera, del tamaño de una pelota; requirió su cachurra, que era de acebo con porro macizo y á la veta, y se fué á ocupar su puesto. Los demás muchachos se escalonaron prado abajo en dos filas paralelas, cara á cara, á la distancia de dos cachurras próximamente. Los últimos, y en el último tercio del prado y bastante lejos de sus camaradas respectivos, se situaron, frente á frente, Cabra y Cerojas. Entonces puso Bodoques la bola de madera, ó sea la catuna, ó la brilla (que de ambos modos se llama), encima de una topera, previamente amañada; se escupió las palmas de las manos; empuñó con las dos el extremo de la cachurra, y gritó con toda su voz, sin dejar de hacer la puntería á la catuna:
—¡Brilla va!
Á lo que respondió Cabra, su contrario, poniéndose en guardia:
—¡Brilla venga!
Y replicó Bodoques:
—¡Al que rompa una pata, que la mantenga, y si no, que la venda!
Dicho lo cual, hizo unas rúbricas en el aire con la cachurra, y ¡plaf!... allá fué la brilla, rápida y zumbando, por encima de los dos ejércitos en expectativa.