Corrieron debajo de ella siguiéndola, y Cerojas se dispuso á socorrerla con su cachurra para pasarla sin que tocara el suelo; pero erró el golpe por ir muy alta; y Cabra, más sereno, dejándola perder fuerza y altura, la recogió en el aire y á su gusto, y la volvió de un cachiporrazo hasta muy cerca de la topera de donde había partido. Dos varas más, y pierden el juego los de Bodoques. Pero andaba éste muy alerta; la tomó con su cachurra apenas tocó el suelo, y la volvió al medio del prado. Como iba rastrera entonces, cayeron sobre ella las cachurras á manojos; y entre ruidoso machaqueo y discordante vocerío, tan pronto subía la catuna como bajaba. Hubo un instante en que más de diez cachurras la sujetaron contra el suelo, no queriendo nadie que su enemigo la arrastrara á su terreno. Entonces Bodoques, que era forzudo, tiró con brío, y un poco al sesgo, un cachurrazo al montón; y mientras la brilla salió rápida del atolladero, las cachurras saltaron como si las volara una mina; y cuál de ellas machacó la nariz del propietario; cuál la espinilla del colateral; otra levantó en la frente chichones como el puño, y alguien se quedó, tras de contuso, desarmado. Hubo, por ende, ayes y por vidas de dolor, amenazas y protestas; y lo de soldado en tierra no hace guerra, fué invocado por ambos ejércitos en apoyo de sus conveniencias respectivas. Mas como en la porfía no se lograba siquiera el armisticio, y entre tanto el juego continuaba más abajo con varia suerte, poco á poco, mitigándose los dolores de los contusos, fueron los ánimos entrando en caja; y aunque renqueando unos y palpándose otros los coscorrones, cada cual se arrimó á su bando y continuó con nuevo empeño la partida, que, al cabo, ganó la gente de Bodoques, metiendo la catuna en la heredad con que lindaba la cabecera baja del prado.
Como el que gana es el que tiene derecho á brillar, y brilla desde el mismo sitio en que ha ganado, las dos hileras de combatientes cambiaron de terreno al brillar Bodoques; es decir, que jugaba prado arriba la que antes había jugado prado abajo, y viceversa.
Tal es el juego de la cachurra, ó brilla, que dura en la Montaña tanto como la derrota. El lector ha visto que se reduce á pasar la catuna de un lado á otro del terreno elegido. Para impedir que el contrario lo consiga antes por su banda, hay mil ardides con que los muchachos prueban su destreza; engaños lícitos, algo parecidos á los de que se valen los jugadores de pelota. Todo es permitido allí menos la intrusión de un jugador en el terreno del contrario. Cuando tal acontece, se le apercibe con estas palabras: á tu tierra, que te pego un palo; advirtiendo que el terreno de cada cual está bien determinado siempre por las cachurras mismas en ejercicio, frente á frente y porro con porro. Pero, por lo común, si la partida está muy empeñada, se prescinde del apercibimiento y, á buena cuenta, se larga el palo en la espinilla ó en los nudillos del pie desnudo.
Juego, en fin, de lo más higiénico y entretenido, si no fuera por las quiebras que lleva aparejadas, de piernas, dientes y otras no menos integrantes y estimadas porciones del jugador.
XVIII
EL SECRETO DE MARÍA