Los mejores mercados de la villa (porque en la villa se celebra uno cada semana) son los del maíz nuevo. En ese tiempo no hay pobres en el país, y cada cual acude á aquel concurridísimo centro de riqueza á proveerse de lo que no tiene, con un poco de lo que menos necesita. Al calorcillo de esta animación, hormiguean los tratantes y las mercancías de mil especies; y unidos todos estos estímulos á la suavidad de la temperatura, la belleza del lugar y la abundancia de las vías de comunicación, acontece que cada mercado es entonces una fiesta en que toman mucha parte las gentes desocupadas del contorno.
En Cumbrales no abundan las distracciones para personas de la condición social de Ana y María; por lo cual aprovechaban éstas la del mercado, muy á menudo, especialmente en otoño. Y no se crea que iban á la villa entonces con el único fin de recrearse: llevaban los bolsillos bien repletos, amén de una interminable lista de cosas, en un papel ó en la memoria; en la cual lista había de todo, desde el manojo de chiribías, hasta la vara de raso; desde la palangana de loza, hasta la resmilla de papel de cartas; desde la madeja de seda para bordar, hasta el bombasí para un refajo; desde la libra y media de queso pasiego, y el molinillo del chocolate, y el paquete de azucarillos, y las zapatillas de alfombra, y las tres libras de arroz, y la cerraja para el armario, y el vidrio para el cuarterón de tal ventana, etc., etc., hasta el lienzo para los calzoncillos de don Juan ó de don Pedro, ó el tartán para el vestido de invierno de doña Teresa. Para conducir este revoltijo de especies inconexas, acompañaban á las jóvenes sus respectivas fámulas de mayor empuje, con sendas cestas de mimbre pelado, de dos asas, á la cabeza, sobre el rueño de colores, bien guarnecido de picos pespunteados. Las leyes del bien parecer no exigían otro acompañamiento que éste á dos señoritas que iban al mercado; pero, á mayor abundamiento, Ana y María solían llevar el amparo de doña Teresa, ó el de don Pedro, ó el de don Juan, y vez hubo de ir los tres juntos; pero una, nada más. Y vamos al caso.
Después de los sucesos referidos en los últimos capítulos; cogidas y derrotadas las mieses y comenzadas las deshojas donde había mucho que deshojar, y hasta desgranado el maíz donde éste era el pan y la moneda de la casa; hechos dos tórtolas Ana y Pablo, y no tan regocijada, pero sí muy animosa, María, acordaron los tres ir juntos al mercado el primer día que le hubiera en la villa, si el tiempo no se entornaba; y como el tiempo no se entornó, el acuerdo llegó á cumplirse.
El camino derecho para ir á la villa desde Cumbrales, es por encima de Rinconeda; pero es mucho más blando y placentero el del valle, y éste usan las gentes de Cumbrales mientras las lluvias del invierno no reblandecen el suelo de las praderas y le hacen intransitable en algunos sitios las pozas y los pantanos. Este camino tomaron, en la susodicha ocasión, por la Cajigona abajo, Ana, María y Pablo, con dos mozas de carga, bien trajeadas, rozagantes y frescotas, antes que el sol llegara al fin del primer cuarto de su diaria carrera. Caminaban los cinco en ringle, porque el sendero era angosto y en los prados sentían los pies la frescura y humedad del rocío, aún no seco por el sol que aquel día andaba á la greña con las nubes. Como los bajos de Ana y da María se mojaban al rozarse con la yerba, y para que esto no sucediera era preciso levantarlos, y levantándolos se descubrían los altos del parlanchín y menudo zapato, y algo más que los arranques de la fina y estirada media, Pablo, que iba detrás de Ana, con un pretexto mal urdido por ésta, pasó á la cabeza de la fila.
Mientras así caminaban, por todos los senderos que desde el pueblo iban á parar al que nuestros amigos seguían, bajaban gentes con el mismo rumbo que ellos. Por lo común, mujerucas con la cestilla al brazo ó el saco lleno sobre la cabeza. Unas pasaban de largo después de saludar muy atentas, y otras se agregaban al grupo de las señoras: charlatanas insufribles, aduladoras sin medida, ó torpes y encogidas hasta la tartamudez. De las primeras era la Cotorrona, alta, seca y acartonada, alegre sin ser risueña, y relatora incansable de lo suyo, de lo ajeno y de otro tanto más. Nunca perdió un mercado, y jamás se supo á qué iba á ellos, con una cesta colgada del brazo izquierdo y cubierta con un refajo tirado sobre el hombro. Nada compraba ni vendía, aunque todo lo sobaba y ponía en precio; pero dejar de tomar á la salida, en una taberna de su devoción, el pucherete de potaje y dos cuartos de queso... antes faltaría el pedazo de borona para «el su hombre.»
Esta mujer se puso detrás de Ana, y comenzó á despotricar sin que nadie se cuidara de ayudarla ni de contradecirla. En ocasiones dejaba la tarea, no para descansar, sino para meterse donde no la llamaban; como verbigracia:
—Alevante un poco más, doña Ana, que le arrastra entovía la randa por la herba... ¡Jos! no me mirara yo tanto en su caso, que, por cierto vida mía, bien tiene que locir... ¡Vaya, que quien ve esa cinturica, tan fina que se puede abarcar con la llave de la mano, y esos pies de cañamón en dulce, no pensara que tan rollizas las tenía, hija!... Dígote que onde menos se piensa... Bendito Dios, ¡cómo rejunde el buen sustento!... Y no me dejará doña María por mentirosa, aunque esa más á la vista lleva la rebustez. ¡El Señor las conserve tan majas y locías para salú propia y bien de los caballeros que tengan la suerte de merecerlas!
Sonreíase Ana, bajaba María las faldas hasta los pies, y carraspeaba Pablo. Tornaba luégo la Cotorrona á rajar con la lengua famas y caudales; terciaba de vez en cuando en el empeño alguna de las mujeres pegadizas; y de este modo se habló allí de cuantas gentes pasaban al mercado; de lo que llevaban, de lo que traerían, de lo que dejaban en casa, de la cosecha, del ganado, del Ayuntamiento, de lo del perro, y, por último, de las «malas almas» de Rinconeda, cuyas mieses comenzaban á pisar á la sazón las murmuradoras y sus taciturnos y aburridos oyentes. Pablo, en tanto, espantaba las mansas bestias que pastaban cerca del camino, para que nada temieran las dos jóvenes, ó las ayudaba á saltar esta zanja ó aquel vallado; tareas en que el mozo disimulaba mal el gusto con que oprimía la mano ó ceñía la cintura de la hija de su padrino.
Acabáronse las praderas y comenzaron los callejos, muy ásperos aunque cortos; pero no calló un punto la Cotorrona, por más que Ana lo intentó muchas veces. Después de los callejos, la sierra, donde el camino se arrastra entre brezos y matorros. Allí necesitaron Ana y María abrir las sombrillas, porque comenzaba el sol á calentar. Breve fué la subida, pues la sierra no es larga; y estar en lo alto de ella es estar en la villa, porque ya se la ve abajo, con la cabeza reclinada en la falda del monte, tendida en la linde del valle de que es dueña y señora; valle quizá el más hermoso de toda la Montaña, regado por el mismo río que hemos visto pasar al Norte de Cumbrales.
Ana y María, en un impulso que es instintivo en las mujeres en semejantes casos, antes de comenzar á bajar la sierra, que espeso monte es por aquella vertiente, se arreglaron el cabello y los pliegues de la falda, como dama que llega á la puerta de un salón de baile, y se detuvieron un buen rato, no tanto para orearse y descansar, como para deshacerse de la molesta compañía de la Cotorrona.