Quedáronse al fin solas con Pablo y las dos fámulas, y así entraron en la villa por aquel arrabal, hasta donde llegaba el reflujo del hervor que se oía más adentro; reflujo de gentes dispersas y errabundas que iban y venían sin derrotero fijo, entre casas desperdigadas y medio campesinas todavía.
Andando, andando, las casas iban uniéndose y enfilándose unas con otras, el gentío espesaba y los rumores crecían, hasta que se llegaba al foco de la ebullición, verdadero mar de cosas y de gentes, con sus bramidos sordos y su agitación incesante. Este mar estaba en la plaza, vastísimo espacio circuído de grandes edificios con espaciosos soportales de arcos de sillería. ¡Lo que había sobre aquel encachado suelo! El cestuco de patatas; el taleguillo de harina; los nabos de Reinosa; los limones de Cóbreces; las calladas del Puente; la triguera de chiribías; la banasta de manzanas; el queso de las Cabeceras; el celemín de fisanes; las tres parejas de pollos; las dos docenas de huevos... Todas estas menudencias y otras infinitas, delante de los vendedores, acurrucados en el suelo en apretadas hileras. Después, en espacios más anchos, los zapatos de Novales; las abarcas de Carmona; los yugos y prisiones de Cieza; los montes de pan en roscos, en cruz y en tortas; los calderos y trébedes de Balmaseda; los puestos de baratijas, como dedales de acero, alfileteros de latón, navajas de poco más ó menos, cordones de estambre y gargantillas de cristal; las montañas de pimientos morrones y choriceros; los corderos en capilla, quiero decir, atados de pies y manos, jadeantes, con los ojos revirados y la punta de la lengua fuera de la boca, ora en el suelo, ora danzando en el aire sopesados por el comprador; las ollas y cazuelas de barro; las cestas de mimbre; los garrotes de Peñamellera; la vasija valenciana; amoladores y zapateros ambulantes; gallineras de Asturias... y demonios colorados; y entre todo ello, los compradores y curiosos yendo y viniendo, oprimidos, casi prensados, guardando el equilibrio, bregando sin cesar y ayudándose unos á otros para avanzar un paso en el continuo atolladero de contrarios oleajes, más irresistibles que por su fuerza, por su ruido ensordecedor y mordicante.
Publicábase á gritos la mercancía; á gritos se regateaba, y á gritos se la ofrecían más barata desde otro puesto al comprador indeciso; á gritos se pedía paso donde, contra toda ley, no le había; á gritos se quejaba quien no podía apartarse á un lado por falta de terreno para moverse; á gritos se saludaban las gentes, y á gritos se citaban, y á gritos se entendían; el ferretero tocaba con el martillo una palillera sin fin sobre la mayor de sus sartenes; cacareaban los gallos; gemían los cabritos amontonados; gruñían los cerdos que pasaban, á rempujones, del mercado de los de su especie desdichada; resonaban las panderetas probadas por mozas de buena mano, y los dalles, heridos contra las piedras; roznaba el paciente burro del pasiego, atado á un pilar de los soportales, libres sus lomos por entonces de la carga que su dueño publicaba á voces un poco más allá; sonaban las campanillas de un puesto de ellas, sacudidas una á una por el aldeano que buscaba un par bien acordado, cuando no zarandeaba con toda su fuerza un collar cargado de esquilones... ¡que es lo que hay que oir!; chirriaba el eje del carro que pasaba cargado de maíz; aullaba el perro perseguido á puntapiés por el queso robado ó el pan mordido; cantaba el ciego al son de la ronca gaita, y el lazarillo al de su pandereta, herida á puñetazo seco; sonaba el martillo del herrador, y el mazo del hojalatero... y, en fin, la campana del reló cuando callaban las de la iglesia.
En los soportales alzábanse, sobre improvisados mostradores, cordilleras de paños y bayetas de todos los imaginables colores, y había detrás de los mostradores tiendas atestadas de los mismos géneros y otros sin número; y en cada calle de las que partían de la plaza, tiendas y más tiendas, y hasta en los rincones de los edificios mal alineados; y más lejos, otro mercado donde los granos y frutos de muchas especies entraban por miles de fanegas y de arrobas; y más lejos todavía, y en adecuado lugar, otro mercado de bestias de cerda; y lo mismo que en la plaza principal, en los soportales, en las tiendas, en las calles y en los otros mercados, gente y más gente, y ruido y más ruido.
Quisiera yo que el lector de ultrapuertos no tomara á broma esta pintura que le borrajeo de un pueblo montañés, que es, en España, quizá el primero entre los de su modesta categoría. Esto por lo que hace á su rápido crecimiento; pues si se mira su belleza externa y la del paisaje que le circunda, es aún más difícil hallarle competidor.
Volviendo al asunto, digo que muy buen rato antes de mediodía, comenzaron á verse en el mercado las damas de la villa, en elegante arreo, husmeando los puestos de la plaza, con su cortejo de galanes de punta en blanco. Mirábanlos de reojo y con recelosa curiosidad los caballeretes de los pueblos, que braceaban en aquel mar, un tanto desaliñados y polvorientos á causa de la fatiga y estrago del camino, y dejábanse mirar los de la villa con piadosa complacencia, seguros de su importancia incomparable.
Á María, corta de genio y muy desconfiada de su valer, la acoquinaban las actitudes de aquel encopetado señorío, ante el cual, á pesar de su lozana frescura y de su intachable atavío, se creía fea, desgarbada y mal vestida. Ana, por el contrario, dejándose llevar de su natural franco y abierto, parecía complacerse en excitar la curiosidad por el gusto de vencerla con su mirar valiente, que sabía hacer burlón y desdeñoso sin esfuerzo y muy al caso. Cuanto á Pablo, no hay para qué decir lo que se aburría y mareaba entre el barullo, sin curarse más de lo que pasaba ante sus ojos, que de las coplas de Calaínos.
Ya, para entonces, estaban las cestas repletas, y hasta colgaban de las asas, por fuera, muchas cosas que dentro no cabían; pero no había que pensar aún en volverse á Cumbrales. Necesitaban antes dar una vuelta por la villa y un vistazo á los otros mercados; porque cuando de ellos se vuelve á casa, los que no han estado allá hacen muchísimas preguntas; y es bueno saber entonces á cómo iban las alubias, y el maíz y las patatas, y los cerdos de cría y los de matanza, para responder á todos.
Y brujuleando así entre calles, vió Ana que por la acera de enfrente venía un mozo muy guapo y apuesto; que este mozo miraba mucho á María; que María se puso encendida como la grana, y que el mozo, no muy dueño de sí, anduvo, al cruzarse con ella, atarugado y confuso, amagando palabras que no pronunció y saludos que no hizo. Siguieron los de Cumbrales calle adelante, y el mozo los acompañó con la vista; y como María, al doblar la esquina, mirara hacia atrás con el rabillo del ojo, clavóse el hombre en aquella especie de anzuelo, y siguió desde lejos á María. Al cabo se arriesgó; y en la primera parada que hicieron los de Cumbrales, acercóse, al amparo del barullo; saludó muy cortés, y habló á María sin misterios ni dengues y como si fuera la cosa más natural del mundo; por lo que Pablo no paró mientes en ello. Pero Ana sí, y hasta distrajo á Pablo y logró que, durante el paseo por la villa, María y el galán apuesto se despacharan á su gusto.
Al salir para Cumbrales, preguntó Pablo á María, después de contestar al reverente saludo con que el mozo se despidió: