EL TIRANO DE LA ALDEA[3]

I

Cándidos hay todavía que creen que existe sobre la tierra algún rinconcillo donde es posible la paz del espíritu, y, como consecuencia inmediata, el perfecto equilibrio de los humores.

Las grandes pasiones, los choques infinitos de los múltiples elementos y encontradas tendencias que constituyen la vida social en los grandes centros de población, aturden al hombre pacífico y sedentario.

—¡Dichoso el campesino—exclama á menudo,—que vive sin ruido, sin política, sin literatos, sin filosofía, sin periódicos, sin gas, sin talleres... y sin guantes! El sol refulgente, la pradera florida, el verde follaje, el río murmurando, la dulce brisa, las mieses fecundas, la sonora esquila y el santo trabajo á la luz del astro vivificante, para depositar en las entrañas de la madre tierra el leve grano que, bendecido por la mano de Dios, ha de producir la suculenta hogaza... Ésta es la vida. ¡Gloria á Dios en las alturas, y paz á los hombres de buena voluntad!

Concédanme ustedes que no hay versión más admitida entre los desengañados de la civilización. Pero ¿dónde está ese rincón bendecido?

Yo le buscara con más ahinco que el ilustre genovés el Nuevo Mundo entre los misterios del virgen Océano; yo trocara estos hábitos, refinados por la civilización, por el burdo ropaje del labriego, y la pluma con que trazo estos rasgos por el timón del arado, si bajo los duros pliegues del tosco vellón y revolviendo las costras de la tierra, callaran todos mis deseos, renacieran mis juveniles esperanzas, tornara á mi imaginación el color de las rosas, y rendido mi cuerpo por el trabajo de todo un día, hallara, aunque en pobre lecho, el perfecto reposo... Y eso, lector, que no soy, á Dios gracias, de los más infortunados mortales; que mato con repugnancia hasta el insecto que me destruye las flores del jardín, y no he robado al vecino ni á la Hacienda el pan que comen mis hijos. ¡Qué fuera, gran Dios, si me infundiera espanto la guardia civil! ¡Ah! Podrán variar hasta el infinito el peso y la calidad de la cruz, según las fuerzas y la condición de quien la lleve á cuestas; pero es innegable que allí donde existe un hombre, hay una cruz que le agobia.

Lo del aire puro, lo de la luz radiante, lo de la humilde choza ó del soberbio palacio, lo del paño burdo y del frac ridículo, aunque son la verdad pura, no pasan de ser meros detalles de paisaje, simples accidentes del inevitable Calvario social en que hemos de morir crucificados.