Sin embargo, antes de solemnizar este contrato, precisaría con toda claridad un punto interesantísimo, para evitar ulteriores disgustos: yo entiendo por deberes de esposa su atención constante hacia esos mil detalles domésticos que constituyen el fundamento de la vida íntima, desde el estrado hasta la cocina, desde los calcetines del niño hasta el ropero del marido... ¡Oh, el marido sobre todo! Sus derechos, su prestigio; nada antes que él. La tan ilustre por el talento como por la cuna, la condesa Dash, dice á este propósito: «tu único, tu urgente negocio (se dirige á la mujer casada) es agradar á tu marido, conservar su ternura y esparcir en torno vuestro un aura de poesía que le impida pensar en otra cosa... Vela tú misma por lo que él tenga en más estima, y no confíes á los criados el cuidado de su ropa y de su gabinete: debe encontrarte en todo cuanto le rodee, y agradecer tus cuidados y tu amor».
Elijo de intento esta autoridad, porque su doble carácter de mujer y de mujer del gran mundo, presta al consejo mayor importancia. Las razones en que le funda esta célebre escritora, pueden servir á la vez como testimonio de mi sinceridad al proponer semejante plan de conducta; «No olvides, continúa, que el marido es el jefe, por Dios y por la ley, por la sociedad y por la naturaleza: tú eres débil, él es tu apoyo y tu protector... ¡y nada más dulce que ser protegida por aquél á quien se ama!»
Conspirando á un fin tan dichoso, no cabe egoísmo en proponer los medios que yo he propuesto, ni aceptándolos es posible verlos por su lado prosaico.
De acuerdo sobre este punto ella y yo, firmaría, con la fe de un bienaventurado, el convenio de más atrás... et si non, non; entonces, y sólo entonces, le diría sin el menor recelo: «haz lo que te dé la gana»; entonces, y sólo entonces, la vería, sin estremecerme, abarrotar su tocador, porque seguro estaría de que, al encerrarse en él, conforme al consejo de la misma ilustre señora, «para asearse, todo le parecería poco; para pintarse, todo le parecería mucho», fórmula cuya aparente trivialidad abarca entero el modelo de una mujer discreta.
Mientras á él se ajustan las de mi cuento (que no se ajustarán), retournons à nos moutons; es decir, vuelvo á mi tema.
—No comprendo cómo es la mujer casada la que da el tono en paseos, salones y espectáculos, siendo tan notorios los riesgos que en la empresa corre el prestigio de su marido... He dicho mal: comprendo que la mujer casada aspire á esos triunfos de su vanidad, y que á ellos consagre todos sus afanes; lo que al sentido común se resiste es que lo tolere, y hasta lo aplauda (¡borrego!) su marido.
Por eso dije al principio, y lo he demostrado con un ejemplo más, que el hombre se acostumbra á todo.
Ahora, si ustedes me preguntan que cómo este supremo legislador de costumbres, egoísta y tiranuelo por naturaleza, arregló las cosas de tal manera; cómo promulgó esa ley cuya ejecución había de caer sobre su propia mollera á modo de infamante coroza; cómo, en fin, se colocó, pudiendo evitarlo, en la necesidad de mostrar tan inaudita mansedumbre; si ustedes, repito, me preguntan esto... tampoco sabré dar una respuesta satisfactoria, porque no soy fatalista. Y á fe que, si lo fuera, nunca podría citar con mayor oportunidad que ahora, el tan sabido apotegma pagano:
Quos Júpiter vult perdere, dementat priús.
1870.